Sábado de descanso y de juego.
En el espejo, el brujo vampiro levanta su bastón y sonríe con uñas negras y anillos rituales.
Del otro lado, el hombre pulcro y luminoso lo observa con calma.
Ambos son reales: uno actúa, el otro descifra.
Y entre los dos, la risa de mi hermana —esa risa que devuelve equilibrio y humanidad al rito.
La escena nació como una broma, pero terminó revelando algo más hondo.
El Leandro real, el luminoso, quedó dentro del espejo.
El que mira desde afuera es el que arma el escenario, el que se viste de negro para entenderse, el que juega con su propio personaje sin perder la conciencia de sí.
Y en ese juego adolescente de alto rango —como lo llamé riéndome— hay algo profundamente adulto:
la capacidad de reírse de uno mismo mientras se recupera la energía vital,
la capacidad de habitar la soledad sin culpa,
la capacidad de caminar acompañado por la propia historia.
A veces el que marcha solo no está solo:
se acompaña de sí mismo, de su pasado vivo y de su reflejo.
Y cuando logra sonreírle a su propio personaje,
entonces sí, el presente vale la pena vivirse.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario