Hoy aprendí una lección inesperada.
Todo empezó porque le prometí a Alina que este mes le regalaría un parlante JBL imitación. Además del YouTube Premium que ya le había regalado, quería que pudiera disfrutar mejor de su afición de DJ hogareña.
Y apareció un problema.
Cuando el parlante ya venía en camino, empecé a mirarlo con otros ojos.
"No está mal..."
"Qué práctico..."
"Justamente algo así me vendría bien cuando ando peregrinando..."
Y apareció la tentación.
No una tentación gigantesca ni dramática. Una de esas pequeñas tentaciones ridículas que todos conocemos.
Quedármelo.
El asunto es que, horas antes, el Dr. Daniel Riquelme me había definido de una manera que me dejó pensando. Dijo que tengo una nobleza de samurái, un corazón muy bueno y un intelecto evolucionado.
Entonces me encontré discutiendo conmigo mismo.
Porque una cosa es que te digan samurái y otra muy distinta es estar frente a un objeto que te gusta.
El samurái teórico es impecable.
El samurái real mira el parlante, lo acaricia con la vista y piensa:
"¿Y si lo dejamos acá?"
Pero la palabra se honra.
Y si le dije a Alina que este mes tendría su regalo, pues tendrá su regalo.
Fin de la discusión.
Chau pichu.
Mientras meditaba sobre estas cuestiones trascendentales del bushido moderno, me puse a mirar mi centro de operaciones.
Y entonces me acordé de algo.
Yo ya tengo dos monstruos.
Dos inmensos bafles Ciclos con ecualizador.
Dos bestias.
Dos dragones dormidos.
Hace años que están conmigo y, por respeto a los vecinos, viven funcionando a un volumen más parecido a un susurro que a su verdadera capacidad.
De modo que se me ocurrió un experimento científico.
Subir el volumen.
Un poco.
Después un poco más.
Después bastante más.
Y ahí ocurrió.
El terremoto.
La revelación.
La transfiguración acústica.
Hacía años que no escuchaba esos equipos trabajando de verdad.
No les exagero.
La piel se me erizó instantáneamente.
Sentí escalofríos.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Después aparecieron más lágrimas.
Y después aparecieron los mocos.
Estaba emocionado hasta niveles completamente incompatibles con la dignidad masculina que uno pretende conservar.
Me encontré llorando delante de dos bafles.
Y cuanto más sonaban, más entendía algo.
No estaba llorando por los bafles.
Estaba llorando por todo lo que vino con ellos.
Recordé al hombre que los compró.
Recordé épocas enteras.
Recordé ilusiones.
Recordé proyectos.
Recordé versiones de mí mismo que siguen existiendo en algún lugar.
Y comprendí algo que me hizo reír.
Yo estaba preocupado porque quería un pequeño parlante portátil.
Mientras convivía con dos criaturas capaces de sonorizar media parroquia.
La vida tiene un sentido del humor extraordinario.
Terminó siendo una mañana perfecta.
La palabra quedó honrada.
El regalo tiene dueña.
Los vecinos probablemente hayan considerado mudarse.
Y yo redescubrí algo que había olvidado.
No me falta música.
No me falta potencia.
No me falta sonido.
Lo único que me faltaba era acordarme de lo bien que sonaban los dragones dormidos de mi centro de operaciones.
Y vaya si me lo recordaron.
Con escalofríos.
Con lágrimas.
Y con mocos.

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