domingo, 22 de febrero de 2026

Mi Tercer Nombre que lo Merecía desde la Confirmación



Petrus

Salí a caminar por el Parque La Toma y volví distinto.
No sé si renovado, pero sí más alineado. A veces el cuerpo hace lo que la mente no logra: ordena sin pedir permiso.

Quizás por eso hoy puedo escribir algo que viene dando vueltas desde hace décadas, desde antes de que yo naciera incluso. Algo que pertenece a mi linaje y que recién ahora encuentro en su lugar justo.

Mi abuela paterna, Juana Pardo, directora de escuela, mujer de carácter y de estilo Charleston, estaba casada con mi abuelo Arturo Alippi, tenedor de libros de una empresa pública y pintor de oficio y de alma.
Juana tenía varios hermanos; uno de ellos, el mayor, se llamaba Pedro. Mi papá lo quería muchísimo. Vivían en una casa enorme en Pueblo San Vicente, justo en la rotonda de la plaza del viejo Mercado, hoy CPC.

Cuando nací, mi papá —con ese estilo patriarcal paternalista de su época— decidió que me iba a llamar Pedro Leandro, en homenaje a su tío querido y también a su gran referente, Leandro N. Alem, a quien admiraba profundamente, junto con su sobrino, Hipólito Yrigoyen.

Algo pasó en el camino.
Se arrepintió de Pedro, dejó Leandro como primer nombre y quiso ponerme Leandro Hipólito.
Ahí intervino mi abuela materna, la murciana de Caravaca de la Cruz, Doña Cruz Giménez, que le pidió a mi mamá que lo convenciera de suavizar un poco el nombre. Propuso Leandro Xavier, como se escribe en España.
En el Registro Civil no permitieron Xavier, así que quedé Leandro Javier.

Pero ese Pedro quedó flotando en algún rincón de mi ser.
No como deuda, sino como pieza suelta.
El Hipólito no; el Pedro sí.
Era nombre familiar, de linaje paterno-materno.

Por otra parte, cabe destacar que mi mamá, también directora de escuela, pero rural, Georgina Irene García Gimenez, llamada por todos, la Coca y por sus nietos, la Coquita, me catequizo domésticamente conforme su propia catequesis inicial, o sea: Preconciliarmente. Uno de sus mayores legados en esta tradición antigua fue la de entronizar al Sagrado Corazón de Jesus en nuestra casa, lo que hice con el cura Párroco de la Catedral de Unquillo, la Iglesia de Lourdes, en el año 2017, cuando vivia allá solo en el monte, en ese hermoso rancho al que lo bauticé El Refugio y que lo llevé como solo sé hacerlo a la categoría de Domicilio Real de mi DNI de aquel momento (A las pruebas me remito). Esa tradición, por cierto, nos enseña a los fieles que la entronización referida es una vez en la vida y nos acompaña a todas las futuras casas a donde nos vamos mudando por lo que en este Clermont donde vivo hoy en día, sigue el Sagrado Corazon entronizado y hasta el fin de mis días.

Volviendo al eje: Pasaron los años y un día mi sobrino Octavio Muiño, hijo de Lucía y Gustavo, junto con Victoria Giraudo, tuvieron a su primogénito. Lo llamaron Pedro.
Y algo en mí zapateó de alegría.
No por nostalgia, sino porque ese nombre volvía a aparecer en mi linaje, limpio, sin forzar nada.

Hace unas semanas, después de un mes entero de enclaustramiento ordenando mi obra vieja y reescribiendo la nueva, mis hermanas se preocuparon por mi salud y organizaron una salida a San Clemente del Tuyú, en la falda de las Sierras Grandes.
Alejandra me convenció de ir con ella.
La travesía fue un carnaval literal: embotellamiento, extravíos, rotondas nuevas, y yo en silencio a propósito hasta que me pidió ayuda.
La hice volver por el camino viejo de Falda del Carmen, doblar en el bar Qito, y tomar ese sinuoso y hermoso camino a Bosque Alegre.
Llegamos al fin, donde nos esperaba la familia Muiño Alippi.

Al rato llegó Octavio con los suyos.
Entre bromas y conversaciones serias, surgió el nombre de su hijo.
Y ahí se abrió algo.

Recordé que mi hermano Baltasar, cuando recibió la confirmación en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, eligió libremente su tercer nombre: (Vicente).
Siguiendo ese gesto, me puse de pie ante Octavio —que estaba sentado como todo un pashá, un señor poderoso en miniatura doméstica— y le pedí solemnemente que me convidara el nombre de su primogénito.

La negociación sagrada siguió por chat.
Con humor, con silencios, con esa mezcla nuestra de linaje y pavada.

Hasta que él me dijo:

“Vos podés llamarte como quieras.”

Y yo entendí.

No se trataba de apropiarme de un nombre civil.
Se trataba de completar una identidad.

Petrus.
Piedra.
Conservación.
Sabiduría de la existencia.
La pieza que faltaba en mi carta natal, justo donde Saturno en Tauro Tauro la estaba esperando.

Hoy lo tomo.
No como nombre nuevo, sino como completitud.
Como gesto de linaje.
Como reconocimiento a mi papá, a mi abuela Juana, a mi abuelo Arturo, al tío Pedro, y a este nuevo Pedro que llegó para continuar la línea sin que nadie lo planificara.

Y también como gesto hacia mí mismo, hacia ese niño que casi se llamó Pedro y que ahora, tantos años después, recibe la piedra sin peso, sin mandato, sin iglesia que construir.

Solo piedra.
Solo linaje.
Solo identidad.

Petrus.

Y con esto, renombro también este espacio.
Porque un blog, como un nombre, es un acto de origen.




sábado, 21 de febrero de 2026

Diálogo con un Hermano Mayor Intelectual (Juanselink)


POST — Diálogo con un Hermano Mayor Intelectual

(Dedicado a Juanse)

Hay conversaciones que no son charlas: son encuentros.
Y ayer tuve uno de esos con Juanse, mi hermano mayor intelectual, ese que te mira con lupa pero sin maldad, que te corrige sin herirte, que te provoca para que pienses mejor.

La cosa empezó simple, casi en broma:

—“superLea?”
—“Nano García.”

Y de ahí, como siempre, nos fuimos al barro fino:
mi estado, mi clima, mi modo de estar en el mundo.

Yo dije “ataraxia”.
Él dijo:
—“No. Las cosas por su nombre.”
—“Buscate un nombre propio para describir tu estado.”
—“No confundas a la gente.”

Y ahí apareció lo que él vio con claridad antes que yo:
Disciplina Leandrezca (DL).
Mi estado.
Mi práctica.
Mi eje.
Mi modo de caminar el mundo.

No es ataraxia griega.
No es euforia.
No es hipomanía.
No es defensa.
No es “bánquenme como soy”.

Es otra cosa.
Es mía.
La construí durante 55 años.
Y sí, tiene un toque egoico —como él me marcó— y me hago cargo.
Porque también merezco un poco de egoísmo adulto, del bueno, del que ordena y no del que aplasta.

Juanse me dijo algo que me quedó resonando:

“Falta la parte de relaciones que se brindan al otro.
Se ve como defensa.
No propone una vía de interacción sana que sea nutricia también para el otro.”

Y tenía razón.
No toda, pero una parte sí.
Porque mi DL es activa, potente, severa si querés, pero también íntima.
Y la parte relacional no la escribo: la enseño en persona.
Cuando peregrinamos juntos, él lo ve.
Cuando caminamos entre la gente, él aprende su propio modo.

Él me dijo:
—“No voy a moverme de mi lugar.”
Y yo le respondí:
—“Estate en tu sitio y peregrinamos juntos online.”

Porque la DL no exige desplazamiento físico:
exige presencia.

Y entre chistes, correcciones, filosofía griega, yoguis, epicúreos, manuales que no existen y estados que sí existen, lo que quedó fue esto:

dos hombres adultos hablando con verdad, sin herirse, sin competir, sin infantilizarse.

Un hermano mayor intelectual que me marca un punto ciego.
Un hermano menor simbólico que lo recibe sin reacción adolescente.
Y un vínculo que se fortalece cada vez que uno corrige y el otro escucha.

Gracias, Juanse.
Por madrugarme.
Por no dejarme caer en palabras que no me corresponden.
Por ver la DL antes que yo.
Por señalar sin herir.
Por pensar conmigo.
Por ser testigo de mi modo de estar entre las gentes.

Este post es tuyo.
Te entrego este gesto.




El Encuentro con Alejandra en el Clermont


POST — El Encuentro con Alejandra en El Clermont

Hoy tuve uno de esos encuentros que parecen simples, pero que te ordenan el día entero.
Alejandra cayó a buscarme para ir a comer a La Ruleta de Pancho, pero antes quiso conocer la verdulería de la dueña experta que tengo a dos cuadras. Esa mujer que elige fruta como si fuera un arte.

Y ahí tenés a Alejandra, hermana del norte —Villa Allende Golf, territorio de millonarios y asquientos profesionales— fascinada con cada detalle del barrio.
La verdulería, las casas originales, la servidumbre de paso impecable, todo.
Como si descubriera un pequeño tesoro escondido en Alto Alberdi.

En La Ruleta comimos como corresponde:

  • milanesa con toque de escalopín,

  • tortilla de papas,

  • dos bebidas de medio,

  • flan con crema partido a la mitad.

Salimos utacos y pagamos 15.000 cada uno.
Comida real, vida real.

Volvimos caminando al Clermont y en dos cuadras Alejandra ya había identificado la arquitectura histórica del barrio.
Y ahí me tiró una prueba:

—“¿Querés que nos cambiemos al edificio nuevo?”

Mi respuesta fue automática, teatral y 100% García:

—“¡Niiii looooccoooo! A mí nadie me mueve nunca más de mi Clermonnnntttt. ¿Vos creés que voy a desarmar la tatami para bajarla por la escalera?”

Se rió, obvio.
Porque sabe que El Clermont es mi monasterio, mi eje, mi territorio consagrado.

Entramos y la dejé inspeccionar mi orden, sabiendo que venía con el dato de que Lucía me había ayudado anteayer con la limpieza profunda por la licencia de Érica.
Pero lo que ninguna termina de registrar es que ya aprendí a ordenar solo, con mis manos, con mi disciplina leandrezca.
Ese es mi logro silencioso.

Y ahí vino la escena del café.
Tenía preparados los Bonafide molido intenso para ellas, y un solo café Vélez para “alguien del pueblo”.
No va que Alejandra agarra el Vélez.

Primer rugido:

—“¡Esos son para el pueblo! Agarrá un Bonafide intenso, caramba.”

Retruca:

—“Y bueno… si tenés el Vélez primero, pensé que no había más.”

Hermoso.

Segunda pifiada:
Se endulza directo de la bolsa de azúcar.
Segundo rugido:

—“¡Pero si acá tenés tu azucarera!”

Y le muestro la de siempre, la que durante años estuvo vacía porque yo solo usaba chuker.
Ella, descolocada:

—“Y bueno… no me acordaba de esa azucarera.”

Sitcom familiar.

Después sacó cuatro bananas “como hostias” y una ensalada de frutas.
Y yo la senté frente a mis planillas.
Tenía que pedirle el permiso que necesito para avanzar con inversiones y, más adelante, la internación mecánica completa de la Taunus.

Al principio estaba más pajosa que la Lourfectia: un pajonal entero de las sierras grandes.
Pero al final se puso.
Y cuando vio mi capacidad de ahorro in crescendo, se le salieron los ojos.
Cuando escuchó mi propuesta al venezolano —arreglo total, presupuesto pactado, cuotas sin interés, actualización por IPC— quedó chocha.
Aunque, fiel a las hermanas Alippi, todavía no me cree del todo.
La desconfianza es institucional, no personal.

Hubo dos rugidos míos y un amague de portazo de ella.
Pero el encuentro terminó siendo un lograso.
Porque hoy Alejandra vio a un Leandro adulto, ordenado, lúcido, con proyecto y con humor.
Y yo vi que puedo rugir sin perder clima.

Un día simple.
Un día real.
Un día bueno.



Mi linaje propio que obviamente se le suma al legítimo.


MI LINAJE PUTATIVO COMPLETO

(Versión adulta, limpia y sin épica. Solo presencia.)

Hay familias que vienen por sangre. Y hay familias que vienen por verdad, por presencia, por honor, por afinidad, por clima. A esa familia la tradición antigua la llamaba putativa: del latín putare, “considerar, tener por tal”. Como San José, padre putativo de Jesús: no por biología, sí por verdad.

Durante años de pavadas mentales, porque no se me ocurre otra manera de llamarle quise Fundar una Fundación, una Empresa y hasta una Orden Religiosa Laical, y hace poco, se me hizo palpable mi auténtica fundación mas sagrada y verdadera. La que construí con años de gestión sana de vínculos nobles. Esa nobleza interior o el Arete como le llamaban los griegos, independientemente de si además había Eugeneia o no (la nobleza de cuna). Y de esta Fundación de mi propia rama de los Alippi García originarios, estoy tanto o más orgulloso todavía. Es mi linaje propio al cual también protejo y son, ni más ni menos que los Alippi García putativos, dado que el único que usa el doble apellido español y obviamente inscripto en el registro civil de España, que lo tenemos los 4 hermanos de la sangre supervivientes... el único que lo usa acá en nuestra Argentina natal, en donde todos somos solo Alippi, soy yo.

Acá tengo que hacer una aclaración muy enfática: Dentro de lo que yo le llamo mi arquitectura interior, tengo varios elementos con los que dialogo permanentemente y actúo en la vida. No son personajes internos de un padeciente psiquiatrico. He dicho que son elementos constitutivos de mi ser y que todos los seres humanos los tenemos por igual, solo que durante años de mi disciplina Leandrezca yo les reconocí el nombre a cada uno de mis diferentes elementos y justamente deduje que estaban en medio de mi identidad completa más mi manera de llamarme profesional y laboralmente: Doctor. El Leandro, que para la onomástica es mi espíritu propio o alma, lleva nada más y nada menos que este primer nombre mío que significa Hombre León. Obviamente que mi alma fuerte por antonomasia, y entonces con esta alma que, de entrecasa, los míos y yo le solemos llamar el abad, siente a mis vínculos putativos con todo mi corazón inmenso de la siguiente manera:

Este es mi linaje putativo. Mi gente. Mi tribu. Mi constelación afectiva. Los que son “como tal”, sin papeles, sin drama, sin mística. Solo honor y presencia.

I. Hermanos mayores putativos

Los que vinieron antes que yo en la fila simbólica. Los de oficio. Los de madera. Los de taller.

• Torres Hermano primogénito putativo. Córdoba Capital. De ebanistería y carpintería. Mi hermano mayor por elección.

• El Tano Hermano mayor putativo. También del taller. Ambos trabajando a instancia mía. Mi linaje de oficio.

II. Hermanos mayores intelectuales / espirituales

Los que me preceden en pensamiento, estudio y oficio humano.

• Baltasar Ferrer Diplomado en Humanidades. Especialista en Cuestión Malvinas y Antártida Argentina. Licenciado en Relaciones Internacionales. Mi hermano mayor intelectual.

• Juan Sebastián Barrado (Juanselink) Humanista. Asistente terapéutico. Músico. Mi hermano mayor espiritual y operativo.

III. Hermanos menores putativos

Los que vienen después. Los que cuido sin inflarme.

• Marcos Arquitecto. Ahijado. Hermano menor putativo. Vulnerable fuerte.

• Nadia Profesora de Economía. Hermana menor putativa. Vulnerable fuerte. Mi lectura más fina del afecto adulto.

IV. Hijos putativos

Los que reconozco desde el corazón adulto.

• Dr. Daniel Carlos Riquelme Psiquiatra. Médico de familia. Licenciado en informática. Ataráxico. Mi hijo varón putativo. Mi heredero simbólico en salud mental adulta.

V. Hija mayor putativa

La que fue pareja, mujer, compañera, hasta que mi corazón la reconoció como lo que realmente era.

• Analía Mi hija mayor putativa. Mi expareja. Mi tercera mujer. Mi vínculo noble. La pareja evolucionó y se puso a tono con la verdad.

VI. Nietas putativas (las de Villa María)

Mi linaje femenino elegido.

• Rocío Celeste La mayor. Mi nieta mayor putativa.

• Martina Paloma La del medio. Viajera del mundo. Hoy en Italia. Guardiana del buen humor.

• Isabella Francesca La menor. La que me ordenó con precisión quirúrgica: yo su padrastro, ella mi hijastra. Caso cerrado eternamente. Yo le sumé: punto final.

VII. Nieta putativa paja brava

• Lourfecita Mi nietita. Vulnerable fuerte. Paja brava. Testigo fuerte. Pacto ceremonial adulto.

VIII. Hermana espiritual / amiga del alma

• Erica Acompañante de persona. Mi amiga del alma. Mi presencia noble. Mi sostén silencioso.

IX. Nieto putativo en proceso de consagración

(corrección pedida, jefe)

• Aharon Acuariano. Técnico en tecnología de avanzada. Abanderado. Mi nieto putativo en formación. El pacto de honor aún no está solemnizado, pero el clima ya está. Está entrando al linaje.

X. Ahijados: La mayor, hija de mi hermano primogénito, Juanchilo, ella:

María Josefina Alippi, lic. en Letras modernas Tristan Pauli Alippi, ahijado espiritual, yogui

Constanza Canepa, estudiante

Dante Flamini, Profesional Herrero (tanto artesanal como industrial) Ahijado de confirmación.

Cierre

Este es mi linaje putativo. Mi familia elegida. Mi tribu real. Mi gente.

Sin papeles. Sin épica. Sin drama. Solo verdad, humor y honor.

Ahora bien, hoy 22 de febrero de 2026, luego de una profunda conversación con Analía, y habiéndome dicho ella que no le gusta para nada mi león, pues en verdad el mismo para ordenar ruge como ese felino mayor... he debido apelar a otro de los elementos de mi arquitectura interior, el Alippi, mi mente intelectual, y llevar estos vínculos que son reales como los mencioné arriba, pero para una realidad auténticamente trascendente y no me refiero a mística, ni ninguna sartada de macanas por el estilo. Humana pura y simple de la manera como ama un alma al fin sana y entera por completo, como solo pocos humanos lo logran, aunque ello está preparado para que lo alcancemos todos. Si, lo he dado a entender y lo digo expresamente: nuestras almas también se rompen de suelen deshacer por completo, son humanas por lo que tampoco son perfecta como no lo es nada de lo humano. Nuestra alma es sanable y el hombre es perfectible y paren de contar.

Por consiguiente: al no identificarse ella con mi sentir de Hombre Leon, pues porque simplemente, después de toda nuestra historia, no se puede sentir mi hija, como así tampoco sus hijas, sentirse mis nietas, es que desperté de mi siesta con el ideon, y las ideas son de la mente, así que le di paso a mi ego bueno que dijo:

Analia, tu expareja y tal cual ella te lo pregunto el día 23 de enero pasado: ¿No crees que nos llevamos mejor como amigos? a lo que todo yo le respondí: sí. Eso fue un pacto sellado honorablemente de por vida

por consiguiente:

Rocio Celeste pasa a ser mi hijastra putativa también

Martina Paloma, Idem

Isabella Francesca, Bis Idem (Estra menorcita fue la que me reclamo para padrastro para que, al dejarnos con su mami, yo no las deje a ellas tres como padrastro. Yo, cochazo pues no tengo hijos de la sangre y para mi, tener hijastros putativos es un verdadero y auténtico honor. Como lo es también Daniel Riquelme como hijo putativo a secas.

Amén.


martes, 10 de febrero de 2026

Orden Familiar Adulto: Roles, Límites y Competencias


🜁 Orden Familiar Adulto: Roles, Límites y Competencias

En toda familia aparecen momentos donde las palabras se mezclan con los miedos, los temperamentos se confunden con diagnósticos, y las opiniones empiezan a ocupar lugares que no les corresponden.
Cuando eso ocurre, no hay culpables: hay desorden.

Este texto propone un orden definitivo, simple y adulto, para que cada quien vuelva a su sitio sin dramatismo y sin impostar competencias.

🜂 1. Cada quien en su rol

Una familia no es una clínica, ni un consultorio, ni un tribunal.
Es un sistema de vínculos donde cada persona tiene un lugar:

  • Hijos e hijas: vivir, crecer, equivocarse, aprender.

  • Hermanos y hermanas: acompañar sin invadir.

  • Padres y madres: sostener sin controlar.

  • Profesionales: intervenir cuando corresponde, no cuando “parece”.

Cuando los roles se mezclan, aparece el ruido.
Cuando vuelven a su sitio, vuelve la paz.

🜃 2. Nadie diagnostica a nadie

Los diagnósticos pertenecen a profesionales formados, en contextos adecuados, con evaluación real.
No nacen en sobremesas, ni en sustos, ni en temperamentos coléricos, ni en intuiciones familiares.

Etiquetar a otro —aunque sea por preocupación— lastima, confunde y desordena.

El cuidado adulto no etiqueta: acompaña.

🜄 3. El susto no es síntoma

Muchas veces, lo que se vive como “síntoma” es simplemente miedo heredado, tono emocional, o estilo de carácter.
Confundir eso con patología genera angustia innecesaria.

El orden adulto distingue:

  • temperamento ≠ enfermedad

  • estilo ≠ diagnóstico

  • susto ≠ evidencia

🜁 4. Límite sano: “Zapateros a sus zapatos”

Cada quien tiene su saber, su oficio, su competencia.
Cuando alguien opina fuera de su campo, aunque sea con buena intención, desacomoda a todos.

El límite sano es simple:

Zapateros a sus zapatos.
Pintores a sus lienzos.
Familia a su amor.

Nada más.

🜂 5. El orden devuelve la calma

Cuando cada persona vuelve a su rol, la familia respira.
No hace falta discutir, corregir ni convencer.
Solo ordenar.

El orden no es castigo.
El orden no es autoridad.
El orden no es jerarquía.

El orden es cuidado.

🜃 6. Propuesta final

Este blog sostiene una sola línea:

Familia adulta = roles claros + límites firmes + cero dramatismo.

Nada más.
Nada menos.

jueves, 5 de febrero de 2026

Soy un Knowmad Profesional


Soy un knowmad profesional, pero no en el sentido vacío o romántico que muchos repiten. No soy un giróvago, no soy un disperso, no soy un buscador eterno. Yo elijo mis movimientos, no los padezco. Camino con mi propio saber vivo, no con etiquetas prestadas.

Pienso con criterio, leo el clima, integro experiencia real. Me muevo cuando corresponde, no cuando me aburro. Sostengo mi honor y mis límites incluso cuando el entorno no los tiene. No improviso identidad: la ejerzo. No, me vendo: me ofrezco con dignidad. No, me pierdo en lo nuevo: lo ordeno. No, me infló: me afilo.

No soy un nómada sin casa. Llevo mi territorio interno a cada proyecto. No necesito estructuras para ser yo mismo. No soy un creativo errante: soy un ordenador de tensiones, un lector de sistemas, un adulto que sabe entrar, trabajar, cerrar y retirarse sin ruido.

No acumulo experiencias: las convierto en método. No peregrino más: ya llegué. No giro más: tengo eje. No, me disperso: estoy entero.

Ese es mi perfil profesional.
Ese es mi sello.
Ese es mi nombre en el mundo del trabajo.



La Disciplina Leandrezca. Una Regla para tiempos adultos


La Disciplina Leandrezca: una regla de vida para tiempos adultos

La llamo así porque no necesita otro nombre.
No es un voto, no es un dogma, no es una penitencia.
Es simplemente mi manera de mantenerme en eje mientras avanzo hacia el territorio que elegí para mi próximo ciclo.

La Disciplina Leandrezca tiene tres pilares:

  • Epicureísmo sobrio — placer simple, bienestar corporal, luz, aire, comida justa, descanso sin culpa.

  • Estoicismo operativo — claridad, mesura, no dramatizar, no reaccionar, sostener el eje incluso cuando el clima se mueve.

  • Estado de gracia — ese clima interno que aparece cuando todo está ordenado: sin mezcla, sin ruido, sin exceso.

No es una religión.
No es una moral.
No es una renuncia.
Es una forma de presencia.

La practico porque me ordena, porque me da aire, porque me permite avanzar hacia mi norte —la casa en altura, la oficina operativa, el horizonte abierto— sin perderme en euforias ni en nostalgias.

La Disciplina Leandrezca no exige nada hacia afuera.
No pide reconocimiento.
No busca seguidores.
No pretende iluminar a nadie.

Es mía.
Me basta.
Y me sostiene.

Con eso alcanza para inaugurar un ciclo nuevo.





Mi Tercer Nombre que lo Merecía desde la Confirmación

Petrus Salí a caminar por el Parque La Toma y volví distinto. No sé si renovado, pero sí más alineado. A veces el cuerpo hace lo que la ment...