martes, 22 de septiembre de 2026

La pareja y los proyectos de vida

Durante muchos años creí que la compañía en la vida exigía necesariamente la existencia de una pareja.

La cultura, las costumbres y hasta el lenguaje cotidiano suelen empujarnos hacia esa idea. Pareciera que una persona está sola mientras no tenga pareja y acompañada en cuanto la consigue. Sin embargo, la experiencia me llevó lentamente a una conclusión diferente.

Después de haber transitado dos matrimonios y una unión convivencial larga, comprendí algo que durante mucho tiempo permaneció oculto detrás de los sentimientos, los hábitos y las expectativas sociales.

Lo que define a una pareja no es la intimidad.

La intimidad puede estar presente en muchos tipos de vínculos. Lo que distingue específicamente a una pareja es otra cosa: la existencia de un proyecto de vida en común.

No importa cuál sea el calificativo que se utilice. Matrimonio, convivencia, noviazgo, pareja estable o incluso formas contemporáneas más flexibles. Todas las parejas tienen algo esencialmente compartido. Dos personas deciden unir recursos, tiempo, energía y decisiones para construir una vida en común.

La pareja no es solamente un vínculo afectivo.

Es una pequeña sociedad existencial.

Hay decisiones que dejan de ser individuales para transformarse en decisiones conjuntas. Aparecen objetivos comunes, prioridades comunes, renuncias comunes y también riesgos comunes. La vida de uno se vuelve parcialmente inseparable de la vida del otro.

Por eso una pareja demanda inversión permanente.

No sólo emocional.

También económica, temporal, organizativa, familiar y habitacional.

En cambio, la amistad opera bajo una lógica diferente.

Los amigos pueden quererse profundamente, acompañarse durante décadas, sostenerse en los momentos difíciles y compartir una enorme intimidad emocional. Incluso pueden existir amistades que incluyan intimidad física.

Sin embargo, el núcleo sigue siendo otro.

Cada uno conserva la responsabilidad principal sobre su propio proyecto vital.

Los amigos se ayudan mutuamente, pero no gestionan una vida en común.

Comparten afecto.

No patrimonio existencial.

Comparten momentos.

No necesariamente destinos.

Esta diferencia, que parece pequeña, cambia completamente la manera de comprender ciertos vínculos.

Un amigo con derechos no es una versión incompleta de una pareja.

Tampoco una pareja de segunda categoría.

Es, antes que nada, un amigo.

La intimidad puede existir, pero no transforma automáticamente la amistad en una empresa conjunta de vida.

Cada uno sigue construyendo su propio camino.

Y precisamente por eso muchas de las obligaciones estructurales propias de la pareja desaparecen.

En mi caso, esta comprensión produjo una consecuencia inesperada.

Descubrí que ya no necesito una nueva pareja para sentirme acompañado en el tránsito de la vida.

Durante años había asumido que compañía y pareja eran prácticamente sinónimos. Hoy creo que son cosas diferentes.

Una persona puede estar rodeada de vínculos significativos sin necesidad de organizar su existencia alrededor de un nuevo proyecto de vida compartido.

Amigos.

Amigas.

Hermanos.

Sobrinos.

Compañeros de camino.

Otros afectos secundarios que, lejos de ser menores, terminan formando una verdadera red de sostén humano.

Quizás la edad también enseña algo sobre esto.

Hay etapas de la vida orientadas a construir proyectos comunes. Otras, en cambio, parecen invitar a consolidar proyectos propios.

No porque el afecto pierda valor.

Sino porque la autonomía deja de sentirse como una carencia y comienza a experimentarse como una conquista.

Tal vez la pregunta importante no sea si una persona tiene o no tiene pareja.

Tal vez la pregunta verdadera sea si dispone de una comunidad afectiva suficientemente rica como para atravesar la vida acompañado sin renunciar a la dirección de su propio proyecto.

Esa, al menos para mí, ha resultado ser una diferencia decisiva.

sábado, 19 de septiembre de 2026

⚖️ La causa "Jawa Daytona 350 c/ Keeway K202"

Hay juicios que se celebran en los tribunales.

Y hay otros que se desarrollan en lugares mucho más complejos.

Por ejemplo, dentro de la cabeza de un hombre.

Durante una tarde de mates se constituyó formalmente el Tribunal del Clermont para resolver una cuestión de máxima importancia institucional:

¿Debía el Patriarca continuar ahorrando para una Jawa Daytona 350 o aceptar la tentadora propuesta de una Keeway K202?

La causa quedó inmediatamente dividida en dos grandes corrientes.

🧮 El alegato del Ecónomo

El Ecónomo se presentó con abundante documentación.

Planillas.

Presupuestos.

Proyecciones.

Estimaciones.

Y un tono insoportablemente razonable.

Su postura era simple:

"Con la Jawa tardaremos más."

"Con la Keeway llegaremos antes."

"Y además podremos comprar trajes, cascos e intercomunicadores."

La exposición fue sólida.

Por momentos incluso brillante.

El Ecónomo llegó a demostrar que la diferencia temporal podía representar varios meses de espera.

Al terminar su discurso parecía que la Keeway tenía el juicio ganado.

🎭 La intervención del Poeta

Entonces se levantó el Poeta.

Y lo hizo sin una sola planilla.

Miró al tribunal y preguntó:

"¿Cuántos años esperamos una moto que verdaderamente nos hiciera vibrar?"

Hubo silencio.

Continuó:

"¿No fuimos acaso capaces de sostener durante años la restauración de la Taunus?"

"¿No construimos el Clermont durante una década?"

"¿No dejamos pasar innumerables medias tintas?"

El argumento central fue demoledor.

No se trataba de una diferencia de siete años.

Se trataba apenas de unos meses.

Y el Patriarca jamás había abandonado un sueño auténtico por unos pocos meses de espera.

🚗 La declaración de la Taunus

La vieja coupé también compareció.

Solicitó expresamente que se respetaran tres cuestiones:

✅ Su próximo cambio de caja y embrague.

✅ El fondo destinado a futuras averías.

✅ La dignidad correspondiente a una veterana de guerra.

El tribunal hizo lugar.

La Taunus quedó protegida.

🏡 La palabra del Abad

El Abad escuchó durante horas.

Como corresponde a todo buen monje administrador.

Finalmente expresó:

"No sacrificaremos mujeres."

"No sacrificaremos hermanas."

"No sacrificaremos tertulias."

"No sacrificaremos la estabilidad ganada."

La afirmación fue recibida con aprobación general.

🤝 La alianza inesperada

Y entonces ocurrió lo impensado.

El Ecónomo comprendió que la Jawa había ganado el corazón.

El Poeta comprendió que el Ecónomo podía ayudar.

Ambos se miraron.

Y pronunciaron simultáneamente la misma palabra:

"Adhiérome."

Fue un momento histórico.

A partir de allí dejaron de ser adversarios.

Pasaron a trabajar para un objetivo común.

⚖️ Sentencia definitiva

Luego de deliberar ampliamente, el Tribunal del Clermont resolvió:

✅ Hacer lugar a la adquisición futura de la Jawa Daytona 350.

✅ Rechazar los cálculos excesivamente pijoteros.

✅ Mantener intactos los pilares de la vida buena.

✅ Continuar con la restauración mecánica de la Taunus.

✅ Perseverar en el ahorro.

✅ Confiar en los tiempos.

🌿 Consideración final

Al concluir la audiencia comprendí algo importante.

La discusión nunca fue realmente acerca de una moto.

La Jawa terminó representando otra cosa.

Representó la decisión de dejar de conformarse con sucedáneos.

Representó la madurez de quien aprendió a esperar.

Representó el derecho a elegir algo simplemente porque lo ama.

Y después de tantas pérdidas, renuncias y derrotas, el Tribunal entendió que había llegado la hora de hacer justicia.

No justicia económica.

No justicia mecánica.

No justicia patrimonial.

Sino justicia para el corazón.

🏍️🤍🧉

Firmado: El Patriarca, el Abad, el Ecónomo, el Poeta y la Taunus.

Todos de acuerdo por primera vez en mucho tiempo. 😄

jueves, 3 de septiembre de 2026

El mejor encuentro desde que estoy de filo

Hoy tuve el mejor encuentro desde que estoy de filo.

No porque haya pasado algo extraordinario, ni porque ella haya dicho algo que cambie el mapa, ni porque yo haya ido a buscar una señal.
Fue el mejor encuentro porque por fin coincidieron tres cosas: mi presencia, su ritmo, y mi intuición limpia.

Bajé al local sin expectativas.
No fui a seducir, ni a tantear, ni a leer nada.
Fui como soy yo: directo, templario, sin ansiedad.
Y ella estaba ahí, en su mundo taurino, ese mundo lento y silencioso que no se parece en nada a la velocidad geminiana que me rodea desde siempre.

La escena fue simple:
hablamos, nos miramos, compartimos un momento sin ruido.
Le mostré un videíto corto de la plantita, algo mínimo, casi doméstico, casi íntimo sin querer serlo.
Y ella lo recibió con esa atención tranquila que tiene, sin exagerar, sin actuar, sin hacer teatro.
Ese modo de mirar algo mío como si fuera una ventana a mi mundo.
Ese modo de estar sin invadir.
Ese modo de abrir espacio sin declararlo.

Mientras eso pasaba, yo sentía que todo lo que elaboré con Copilot estos días — sobre signos, ritmos, estilos vinculares — se ordenaba solo.
No porque crea en la astrología como destino, sino porque mi experiencia con Analía ya me enseñó cómo funciona una taurina cuando hay onda:
lento, prudente, silencioso…
y de golpe presente.

Hoy Mariela estuvo presente.
No acelerada, no explícita, no geminiana.
Presente en su idioma:
mirada sostenida, escucha real, apertura mínima pero genuina.

Y yo, que ya viví este código, lo reconocí sin necesidad de que nadie me lo explique.

No hubo promesas.
No hubo insinuaciones.
No hubo nada que pueda convertirse en teoría.
Pero hubo algo que para mí vale más que cualquier palabra:
hubo clima.

Ese clima donde uno siente que la otra persona no está cumpliendo, no está actuando, no está haciendo cortesía.
Está ahí.
Con vos.
En su ritmo.
En su modo.
En su silencio.

Cuando me fui, tuve una certeza que no necesita futurología:
hoy hubo encuentro real.
No imaginado, no proyectado, no deseado.
Real.

Y eso, para mí, es suficiente.
No necesito que nadie me diga qué va a pasar.
No necesito que me interpreten la escena.
No necesito que me adviertan desde su velocidad mental.

Mi intuición estuvo limpia.
Mi presencia estuvo firme.
Ella estuvo abierta.

Hoy, por primera vez desde que estoy de filo, sentí que el vínculo respiró.

martes, 1 de septiembre de 2026

La mujer que se viene para este Lean

por Petrus

Hoy sentí algo distinto. No fue un pensamiento, ni una intuición suelta: fue una alineación interna. Dormí mejor, me desperté mejor, me moví mejor. Y en ese estado más limpio, más mío, reapareció una frase que me dijo Valeria hace años:
“Primero tenés que aprender a estar solo antes de que el amor verdadero se te aparezca casi como por arte de magia.”

Yo ya aprendí a estar solo.
Ya aprendí a estar bien solo.
Ya tengo mis amistades semipresenciales que me sostienen sin invadirme.
Mi casa, mis rituales, mi blog, mi eje.
Y justo cuando eso se estabiliza, aparece ella: Mariela.

La mañana: el rojo taurino y las perchas que caen

Entré al local.
Ella estaba en modo trabajo: remera roja, quilombo de ropa, territorio taurino.
Agarra una percha.
Se le vienen todas abajo.

La vi ponerse nerviosa delante mío.
Y yo la calmé con una frase simple:
“Después las juntás, ya me voy. Seguí ordenando.”

Ahí se abrió.
Me dijo el nombre de la planta que iba a buscar.
Compartimos fotos.
Le gustó la que yo elegí.
La mañana fue una apertura desde el nervio.

La siesta: el cambio de piel

Cierra el local.
Se va.
Vuelve.

Pero ya no vuelve roja.
Vuelve rosa.

El rojo es territorio.
El rosa es afecto.
El rosa es suavidad.
El rosa es energía emocional.

Yo no le dije nada.
Ella sola cambió la remera.
Y yo lo registré.

La tarde: dos encuentros y una señal silenciosa

La vi desde la cuadra anterior.
Ella me vio a mí.
Se puso los anteojos de sol.
Quedaba hermosa.

Después la encontré martillando el cartel.
Pensé en ayudarla.
No lo hice.
No quise invadir su territorio.
No quise actuar desde la torpeza.
No quise sumar puntos.

No entré al local.
No escribí.
Seguí con mi vida.
Seguí buscando plantas.
Seguí en mi eje.

Mi eje: la risa, la punzadita, Séptimo

Me convertí en reidor serial.
Me río fuerte, suave, con sonido.
La risa me está devolviendo vida.

La punzadita en el oído es mi brújula.
Cuando aparece, sé que tengo que escuchar lo que mi mente me dicta.

Y hoy recordé a Séptimo, mi Matweiler maestro.
El que me enseñó que la fidelidad no es biológica: es espiritual.
El que me mostró que un moloso gigante puede ser monógamo por decisión.
Ese perro me formó.
Ese perro me definió.

Hoy soy más salchichita hembra que moloso.
Más ternura que imponencia.
Más sensibilidad que dureza.
Más lágrima encubierta que macho alfa.

Y eso está bien.
Eso es mi etapa.

La noche: distancia justa

No la busqué.
No la saturé.
No la reclamé.
No pedí nada.

La dejé ser.
Me dejé ser.

El lugar que ocupo

No adivino.
No proyecto.
No acelero.

Solo registro lo que pasó hoy:

Yo soy un hombre que la altera.
Un hombre que la mueve.
Un hombre que la intriga.
Un hombre que ella observa.
Un hombre que ella no descarta.

No soy amigo.
No soy cliente.
No soy vecino.
No soy pasado.

Soy posibilidad.

Y confío en mi poder para darme cuenta.
Confío en mi sorpresa humana.
Confío en mi lectura fina.
Confío en mi punzadita.

La mujer que se viene para este Lean —este Nano, este Petrus—
no necesita ser adivinada.
Solo necesita ser vista cuando aparezca.

Y yo ya estoy listo.

domingo, 16 de agosto de 2026

Magisterio de El Clermont sobre mi realidad afectiva y económica


La Etapa Nueva: Orden, Hermanas y Afectos Adultos

Hoy amanecí a las 8, en un día que pedía claridad.
A las 11 paso a buscar a Georgina en la Taunus y vamos juntos a lo de Alejandra, en Villa Allende Golf, a comer un pollo a las brasas con papas.
Un gesto simple, pero cargado de reparación.

Durante los años con Analía, la rencilla entre ellas fue tan fuerte que terminé alejándome de mis hermanas. Me enojé, me confundí, me puse en lugares que no eran míos.
Y aunque hoy reconozco que a Analía nunca la integraron del todo, también sé que esa etapa ya quedó atrás.
No hay deuda.
No hay reproche.
Solo historia cerrada.

Lo que importa ahora es la etapa nueva.

I. El retorno al linaje

Volver a compartir con mis hermanas sin tensiones es una reparación silenciosa.
No es épica: es adulta.
Es la recuperación del lugar que siempre fue mío.

Georgina, Alejandra y Lucía están en un momento excelente de sus vidas. Cada una con su estilo, su viaje, su mundo.
Y yo, que durante años me desvié por conflictos ajenos, hoy vuelvo a ocupar mi sitio:
el del hermano sencillo, equilibrado, presente.

II. La economía que se ordena

Después de meses de trabajo interno, estoy logrando algo que parecía imposible: enderezar mis dineros.

  • Ya aporto —aunque tímidamente— a los pozos comunes de las Alippi’s.

  • Ya tengo algunos morlacos para invitar a merendar a una mujer sin descuadrarme.

  • Ya puedo proyectar con cabeza fría.

Desde enero quiero volver a ahorrar un 10% de mi sueldo, sostenido, constante.
Si mantengo ese ritmo, en dos años y cuatro meses estaré comprando la moto que sueño hoy, o la que exista en ese momento.
Ese horizonte me ordena.
Me da norte.
Me da paz.
Y si Dios me da vida suficiente, es un antiquísimo sueño que traigo desde la década de los 90 y que lo quiero cumplir sí o sí pues como dicen por ahí; "me lo merezco". -

III. La salud emocional: fin de las microdepresiones

Con los últimos ajustes terapéuticos, algo se acomodó de manera definitiva:
se fueron las microdepresiones.
Y con ellas, se fue también ese viejo impulso de llenar vacíos con codependencias afectivas.

Hoy no necesito una pareja demandante.
No necesito una convivencia.
No necesito repetir patrones que ya conozco demasiado bien.

Lo que estoy aprendiendo —y lo digo con gratitud— es a tener amigas.
Amistades reales, adultas, sin enrosques.
Y si alguna desea compartirse íntimamente como amiga con derechos, será un regalo de Dios, no un contrato emocional.

Estoy entrando en una etapa donde el afecto no es refugio ni anestesia.
Es compañía.
Es libertad.
Es elección.

IV. Síntesis del Patriarca

Hoy, mientras me preparo para ir a Villa Allende Golf, siento algo que hacía mucho no sentía:
estoy bien.

  • Bien con mis hermanas.

  • Bien con mi economía.

  • Bien con mis afectos.

  • Bien con mi proyecto de vida.

  • Le mando un agradecimiento especial a mi amiga Daniela que ha sido la que me ha venido introduciendo en esto que pretende convertirse en mi nuevo estilo de vida a nivel afectivo y amoroso.

No es euforia.
Es estabilidad.
Es adultez.

Y esta entrada queda como testimonio de eso:
la etapa nueva ya empezó en El Clermont.


Esta mujer del viento tocando su tambor la traje a colación porque me recuerda una ceremonia de matrimonio pagano muy hermosa donde todos estábamos de blanco y que en cierto momento todas las mujeres se pusieron a tocar sus tamboretes sentadas sobre una inmensa roca.


martes, 21 de julio de 2026

Los Siete Pilares de este Hombre: Mi Mini Carta Natal

Hay hombres que nacen bajo un signo.
Y hay hombres que nacen bajo una estructura.
Mi carta natal —la verdadera, la que corresponde al 24 de marzo de 1970 a las seis de la mañana en Córdoba capital— no es un mapa de planetas: es un mapa de fuerzas masculinas.
Siete elementos que me sostienen, siete pilares que definen mi modo de estar en el mundo.

Este es mi registro.
Mi constancia.
Mi arquitectura interior.

🔥 ARIES — El Fuego que Inicia

Aries es mi núcleo.
Ahí tengo el Sol, Mercurio y Venus:
mi identidad, mi mente y mi forma de amar.

Aries es el hombre que no pide permiso.
El que actúa, el que abre camino, el que dice la verdad sin rodeos.
El que siente primero y piensa después.
El que se levanta, encara, decide, avanza.

Mi escritura nace de Aries.
Mi modo de vincularme también.
Mi impulso vital es ese fuego que no se disculpa por existir.

🌊 PISCIS — La Niebla que Envuelve

Piscis es mi ascendente.
Es la atmósfera con la que entro al mundo.

Piscis es intuición, sensibilidad, percepción fina.
Es la mirada que ve lo que otros no ven.
Es la empatía que no se aprende: se trae.

Si Aries es mi filo, Piscis es mi bruma.
La combinación me vuelve un hombre que puede ser directo sin ser cruel, intenso sin ser opaco, profundo sin ser hermético.

Piscis es mi aura.
Mi modo de aparecer.

🦂 ESCORPIO — La Profundidad que Transforma

Júpiter en Escorpio, en Casa VIII.
La casa escorpiana por excelencia.

Esto no es un detalle: es un eje.
Mi expansión ocurre a través de crisis, duelos, renacimientos.
Mi crecimiento es interior, no social.
Mi espiritualidad es simbólica, ritual, iniciática.

Escorpio es mi capacidad de ver debajo de la superficie.
De leer personas.
De entrar en lo oculto sin miedo.
De renacer después de cada caída.

Es el elemento que explica mi magnetismo, mi intensidad y mi modo de vivir los vínculos como iniciaciones.

🐂 TAURO — La Materia que Sostiene

Marte y Saturno en Tauro, en Casa II.
Mi cuerpo, mi trabajo, mis posesiones, mi identidad concreta.

Tauro es resistencia.
Es constancia.
Es reconstrucción.
Es la hombría que se expresa en lo tangible.

Mi relación con los objetos —con los autos, con la Taunus— no es capricho: es estructura.
Es identidad.
Es territorio.

Tauro es el hombre que sostiene.
El que no se quiebra.
El que vuelve a empezar desde lo material para recuperar lo espiritual.

⚖️ LIBRA — La Belleza que Equilibra

Mi Luna está en Libra.
Mi corazón emocional.

Libra es armonía, estética, diplomacia afectiva.
Es la suavidad que equilibra mi fuego.
Es la capacidad de escuchar, de ver matices, de amar con delicadeza incluso cuando Aries quiere ir de frente.

Libra es mi elegancia emocional.
Mi modo de sentir sin perder forma.
Mi manera de buscar belleza incluso en el dolor.

🏔️ CAPRICORNIO — La Estructura que Ordena

Capricornio rige mi Casa XI:
la casa de los aliados, de los proyectos que se sostienen en el tiempo, de las construcciones que no dependen de la emoción sino de la constancia.

Capricornio es mi modo de liderar sin pedirlo.
Mi forma de ocupar un lugar en los grupos sin competir.
Mi manera de sostener lo que otros abandonan.
Mi capacidad de proyectar a largo plazo sin perder foco.

Capricornio es la parte de mí que no improvisa.
La que estructura.
La que ordena.
La que piensa en diez años, no en diez minutos.

Es el signo que me da autoridad silenciosa.
El que me permite ser Patriarca sin levantar la voz.

🦁 LEO — El Brillo que Irradia

Leo es mi fuego noble.
No es mi signo solar, pero es mi luz.
Lilith y la Parte de la Fortuna en Leo me dan una presencia que no se aprende: se trae.
Un magnetismo que no se fabrica: se encarna.

Leo es mi capacidad de ocupar un lugar sin pedirlo.
De ser visto sin buscarlo.
De liderar desde el corazón y no desde la fuerza.
De irradiar calor humano incluso en medio de la crisis.

Leo es mi pilar solar.
Mi brillo.
Mi potencia creativa.
Mi dignidad masculina.
Mi forma de encender a otros sin apagarme yo.

Siete Elementos, Un Solo Hombre

Aries me da el fuego.
Piscis me da la niebla.
Escorpio me da la profundidad.
Tauro me da la materia.
Libra me da la belleza.
Capricornio me da la estructura.
Leo me da la luz.

Siete pilares.
Siete fuerzas.
Siete modos de ser.

Esta es mi mini carta natal.
No como superstición, sino como arquitectura masculina.
Como registro de linaje.
Como constancia de quién soy y desde dónde me construyo.



miércoles, 8 de julio de 2026

Crónica de una madrugada sin sueño y sin un mango


Es tardísimo y no tengo nada de sueño. Me lo gané solo: me clavé un termo entero de café como si fuera una decisión estratégica y no un suicidio del descanso. Ahora estoy despierto, hiperalerta, aburrido y con ese antojo nocturno de comprar algo rico y una coca… pero sin un puto centavo.

La culpa de la pobreza express de hoy tiene nombre: Ely. Me escribió para recordarme que le debía una cuota de un perfume. Se me había pasado por completo. Me pidió que le pagara lo que pudiera. Yo tenía apenas trece mil pesos destinados a sobrevivir lo que queda de la semana. Se los transferí sin dudar, como quien paga una penitencia más que una deuda.

Resultado: mi heladera quedó convertida en un páramo. Dos papas. Dos cebollas. Un paquete de spaguetti. Una lata de tomate. Media bolsa de lentejas hervidas para mañana. Medio paquete de polenta para improvisar una salsa pobre pero digna. Es el inventario de mi supervivencia atroz.

Encima, mañana me quedo sin yerba. El mate está en cuenta regresiva. Tendré que recurrir al fiado de alguno de los kioscos que me conocen y me prestan, porque los dos de 24 horas no me fían ni medio. Así que esta madrugada es una mezcla de vigilia, hambre y contabilidad emocional.

Pero en medio de la nada apareció un milagro mínimo: unas tutucas que le había comprado a Daniela y olvidé en un cajón. Las encontré recién. Les estoy entrando como si fueran un banquete.

Cigarrillos tengo de sobra —los compro por encomienda mensual— así que al menos el vicio está asegurado. La coca no. La comida tampoco. El sueño menos.

Pero hay tutucas.
Y hay esta lucidez rara que aparece cuando uno se rinde a la noche y decide simplemente estar despierto, aunque no haya nada más que hacer que esperar que amanezca.



lunes, 29 de junio de 2026

Monólogo con Baltasar


Hoy necesité hablar con Baltasar. No porque él tuviera algo urgente para decirme, sino porque yo tenía que ordenar mi espíritu después de lo que pasó con Daniela. Y como tantas veces, él respondió con monosílabos, con silencios, con ese modo suyo de escuchar sin intervenir demasiado. Pero a veces, eso es lo que uno necesita: un testigo, no un protagonista.

Le conté que me hizo bien estar con Daniela este viernes y sábado. Que no hubo intimidad, que sigo célibe por decisión propia, hasta que aparezca una mujer que realmente me llene. Le dije que estuve meditando mucho. Y que Daniela, con toda su pobreza material, con su casa donde viven cuatro generaciones bajo un mismo techo, con su instrucción admirable y su padre sabio, me había dejado pensando.

Baltasar escuchó.
Yo seguí.

Le hablé de las clases sociales, de lo que tantas veces conversamos: que él pertenece a la clase alta por sangre y por historia; que yo, aunque con menor estatus económico, pertenezco a una aristocracia cultural por formación y por el círculo en el que me he movido toda mi vida. Que soy clase media en lo económico, pero no en lo simbólico. Y que en ese cruce aparece Daniela como figura interesante: pobre en lo material, rica en lo espiritual, cultivada por un padre que supo entregar libros en vez de dogmas.

Le conté que ella es primogénita, que su padre les dio la Biblia a sus tres hijas y las dejó buscar su propio camino. Que su madre es protestante, que su padre es católico, y que ella quedó en ese territorio intermedio donde la fe no es una institución sino una búsqueda. Le dije que averigüé lo esencial: que es soltera, que no tiene ataduras religiosas que impidan una evangelización católica si así lo quisiera. Baltasar respondió con un “uy”. Y yo seguí.

Le mostré fotos.
Le conté cómo se halló en el vestuario que le regalé.
Cómo se autoencantó.
Cómo la vi más linda que nunca.
Cómo ese jean azul oscuro y esa chaqueta económica que ella misma me ayudó a encontrar nos dieron una estética compartida sin perder la individualidad.
Cómo me reí solo.
Cómo esta mujer está levantando puntaje en mi ser.

Baltasar volvió a escuchar.
Y yo seguí.

Porque este monólogo no era para él: era para mí.
Era para ordenar lo que siento, lo que pienso, lo que observo.
Era para integrar el perdón que le di a Daniela sin que ella replicara ni se disculpara.
Era para reconocer que en nuestras charlas espirituales, ella hace cosas que yo comprendo, aunque a veces me duelan.
Era para entender que mi vínculo con los vulnerables no es casual: es parte de mi camino mercedario, de mi forma de moverme entre mundos distintos.

Este monólogo con Baltasar es, en realidad, una bitácora espiritual.
Un registro de cómo se cruzan en mí la clase, la fe, la estética, la pobreza, la cultura y el deseo.
Un capítulo más de este tránsito que estoy viviendo, donde cada encuentro —con Daniela, con Baltasar, conmigo mismo— deja una marca.

Y hoy, necesitaba escribirlo.



Nuestra 2° contienda con Daniela

Daniela, esto que pasó no es menor. Me cayó mal, me enojó, me tocó donde no corresponde. Y no porque hayas hablado de energías o de lo que sentiste, sino porque no me pudiste leer. Yo te escucho audios larguísimos, de diez, trece minutos, con toda la atención que puedo darte. Vos sabés que te escucho. Sabés que entro en tu mundo, que trato de entenderte, que me tomo el tiempo.

Pero cuando yo hablo, cuando yo digo algo mío, cuando comparto una sombra o un estado, vos no entrás. No lo leés. No te detenés. Lo traducís a tu sistema energético y listo. Y eso, Daniela, duele. Porque me borra. Porque me convierte en un símbolo dentro de tu teoría, en vez de ser un sujeto con sentimientos propios.

Lo que dijiste en ese audio me molestó porque mis sombras son mías. Mis ganas de renunciar son mías. Mi historia emocional es mía. No se contagia, no se absorbe, no se toma como si fuera una corriente que te atraviesa. Eso es cruzar un límite. Y encima, cuando esto me golpea, cuando me enoja, cuando necesito que lo atendamos, no tenés tiempo. El trabajo, las obligaciones, lo que sea. Y yo quedo con la bronca en la mano, esperando que vos puedas escucharme como yo te escucho a vos.

Esta es nuestra segunda contienda.
La primera fue por otra cosa.
Esta es por lectura.
Por atención.
Por reciprocidad.
Por respeto emocional.

Yo no te pido que pienses como yo.
Te pido que me leas.
Que no traduzcas todo a tu cosmología.
Que no me conviertas en energía cuando estoy hablando como persona.
Que no me atribuyas sentimientos que son míos y que yo sé de dónde vienen.

Si vamos a seguir hablando, si vamos a seguir compartiendo, necesito que esto quede claro:
Yo te escucho.
Vos tenés que leerme.
Si no, no hay diálogo.
Hay monólogos cruzados.

Y yo no quiero eso.
Pero tampoco voy a dejar pasar algo que me dolió tanto.



domingo, 28 de junio de 2026

Las dos alas


Hay días en los que la vida se ordena sin pedir permiso.

Días en los que uno no busca nada, no espera nada, y sin embargo algo se acomoda adentro, como si el mundo dijera: “así es como tiene que ser”.

El día que compartí con Daniela fue uno de esos.

Daniela es eso: mi ala izquierda.
La parte de la vida que se mueve en penumbra, que siente fuerte, que vibra en lo urbano, lo nocturno, lo intenso.
La sombra que no asusta porque no pide nada.

El ala derecha

Y en el otro extremo, sin competir, sin mezclarse, está Mariela.

La profesora de yoga que me dijo que iba a meditar para agradecerme.
La mujer que aceptó recién ahora después de buen tiempo que hace que se lo ofrecí un regalo que necesitaba, no por vanidad sino por gusto y por falta de prioridades para quedarse con ese conjunto que ella misma vende en su local de ropa femenina.
Mariela fue la que eligió un jean azul pero siempre desde la naturalidad.
La que viste paño claro, casi blanco, como si su estética fuera una respiración.

Mariela es mi ala derecha.
La luz, la calma, la gratitud limpia.
La energía que eleva, que ordena, que no invade.

El 30 de junio retiraré el dinero para regalarle su ropa.
No es compra de afecto.
Es reconocimiento.
Es darle forma a su lugar en mi constelación.

El eje

Y en el centro estoy yo.
No entre dos mujeres: entre dos fuerzas.

A la izquierda, Daniela: la sombra que acompaña.
A la derecha, Mariela: la luz que sostiene.
Y yo, con mi bastón dragón, soy el eje que no se inclina hacia ninguna, pero se deja atravesar por ambas.

No busco pareja.
Busco equilibrio.
Y estas dos presencias —tan distintas, tan necesarias— me devuelven partes de mí mismo que estaban esperando ser nombradas.



Dueto de cuero y silencio


Daniela vino hasta mi casa en bus, como quien llega a un lugar donde sabe que la van a recibir sin juicio ni exigencias.

La esperé con la tranquilidad de quien ya resolvió lo esencial: no somos pareja, no estamos construyendo nada romántico, pero sí podemos compartir un tramo del camino con respeto y presencia.

La llevé hasta mi médico, me acompañó en lo que necesitaba, y después fuimos al Outlet Alvear a elegirle ropa.
No hubo tensión, ni segundas intenciones, ni ese ruido interno que tantas veces enturbia lo simple.
Fue un gesto limpio, un acto de bien que quise hacer porque sí, porque a veces ayudar ordena más que cualquier reflexión.

Volvimos a casa, pedimos 2 lomitos completos con papas, y comimos como dos personas que se conocen desde hace tiempo y pueden estar en silencio sin incomodarse.
Más tarde fuimos a María’s, en Alto Alberdi, a cerrar el día con un café, una charla tranquila y muy amena, en donde hablamos principalmente de nuestras sombras, cosa de lo que la mayoría de las personas no se animan a hablar con la libertad y aceptación que lo hablamos nosotros.
No esperé nada de eso, y eso fue lo que lo volvió tan liviano.

Daniela tiene su sensibilidad, su manera intensa de sentir el mundo, y yo la respeto.
Hoy pude acompañarla sin invadirla, sin proyectar, sin pedirle nada.
A veces la vida se ordena así: haciendo un bien concreto, sin ruido, sin deuda, sin promesas.
Y ayer fue uno de esos días.

La estética compartida

Cuando a la noche nos vestimos para salir, ella se reencontró con su propia imagen.
Le gustó que yo saliera con mis uñas pintadas y mi bastón —el dragón plateado que me acompaña desde hace años—, sin que nadie se lo sugiriera siquiera ella se pintó el hocico de negro y le quedó fantástico (literal).
Nos miramos en el espejo del ascensor y entendimos que el dueto estaba completo:
yo con mi chaqueta de cuero y todo lo demás también negro, ella con su campera engomada y como para tener su individualidad; un jean azul y zapatillas.
Dos presencias distintas, pero dentro del mismo clima.
Negro, ciudad, noche, decisión.

La foto que tomamos ahí no fue una selfie casual: fue un registro de equilibrio.
El bastón, apenas más visible, marcó el eje.
El reflejo múltiple del ascensor nos devolvió como dos figuras que se acompañan sin confundirse.
Unidad estética sin fusión emocional.
Compañía sin deuda.

El cierre

Volvimos del bar cerca de las tres, nos dormimos a las cinco luego de una tertulia estimulante que había comenzado en el bar y continuó en El Clermont, nos levantamos al mediodía del 27.
Desayunamos en La Casona: juguitos de naranja, 3 tostadas de pan lactal cada uno, con jamón y queso, café negro ella, cortado doble yo.
El día siguió con esa calma que queda cuando todo está en su lugar.

No hubo promesas, ni planes, ni futuro.
Solo un tramo compartido, limpio, adulto, sin ruido.
Y eso —en este tiempo— vale más que cualquier historia.



jueves, 4 de junio de 2026

🜁 El Ermitaño que Regresa al Mundo

Hay mañanas en las que uno se despierta con un leve temblor interno, como si el cuerpo recordara algo antes que la mente.

Hoy me pasó eso.

Anoche abrí una puerta que llevaba años cerrada.
No por miedo, sino por hábito.
Y al abrirla, me descubrí diciendo cosas que no suelo decir: posibilidades, escenas, gestos de vida compartida.
No promesas: símbolos.

Me asusté un poco.
No por lo que dije, sino por lo que reveló de mí:
que después de tanto tiempo de ermitañez, todavía soy capaz de imaginar un “nosotros”.

Pero después vino la risa.
La risa por mí, por mis exageraciones, por mis impulsos expansivos.
La risa por ella, por su sorpresa.
La risa por mis mujeres de la vida —las presentes, las pasadas, las imaginadas—.
La risa que Don Juan habría aprobado, esa que dice:

El que puede reírse de los otros y de sí mismo tiene la mitad de la batalla ganada contra lo desconocido.

Y entendí algo que los viejos ermitaños sabían bien:
que la soledad verdadera no es encierro, sino fundamento.

Los grandes anacoretas siempre regresaban.
Volvían a la ciudad, al monasterio, a la gente.
No para perderse, sino para irradiar.
No para renunciar a su cueva, sino para fundar algo nuevo desde ella.

Quizás estoy en esa etapa.
No dejo mi ermita: la llevo conmigo.
Pero puedo abrir la puerta.
Puedo dejar que alguien entre un poco.
Puedo explorar sin entregarme, ofrecer sin perderme, sentir sin desbordarme.

No sé qué pasará.
No necesito saberlo.

Lo único cierto es que estoy vivo, y que la vida —cuando quiere— toca la puerta con suavidad, con sorpresa, con diferencia de edad, con humor, con misterio.

Y uno, si está despierto, abre.

🜂 Epílogo: El eco del regreso

A veces el mundo responde con silencio.
No es rechazo, es espejo.
El ermitaño ofreció compañía y recibió distancia; ofreció palabra y recibió pausa.
Y en esa pausa comprendió que el regreso no se mide por aceptación, sino por claridad.

La vida no le pidió renunciar a su cueva, sino reconocer su ritmo.
El gesto de abrir la puerta fue suficiente para que el aire nuevo entrara.
El resto —la respuesta, el trabajo, la continuidad— pertenece al tiempo.

El ermitaño sonríe.
No porque haya ganado algo, sino porque ya no teme ofrecer.
Y vuelve a su senda, sabiendo que cada intento de vínculo es también una forma de oración.



La pareja y los proyectos de vida

Durante muchos años creí que la compañía en la vida exigía necesariamente la existencia de una pareja. La cultura, las costumbres y hasta el...