lunes, 29 de junio de 2026

Monólogo con Baltasar


Hoy necesité hablar con Baltasar. No porque él tuviera algo urgente para decirme, sino porque yo tenía que ordenar mi espíritu después de lo que pasó con Daniela. Y como tantas veces, él respondió con monosílabos, con silencios, con ese modo suyo de escuchar sin intervenir demasiado. Pero a veces, eso es lo que uno necesita: un testigo, no un protagonista.

Le conté que me hizo bien estar con Daniela este viernes y sábado. Que no hubo intimidad, que sigo célibe por decisión propia, hasta que aparezca una mujer que realmente me llene. Le dije que estuve meditando mucho. Y que Daniela, con toda su pobreza material, con su casa donde viven cuatro generaciones bajo un mismo techo, con su instrucción admirable y su padre sabio, me había dejado pensando.

Baltasar escuchó.
Yo seguí.

Le hablé de las clases sociales, de lo que tantas veces conversamos: que él pertenece a la clase alta por sangre y por historia; que yo, aunque con menor estatus económico, pertenezco a una aristocracia cultural por formación y por el círculo en el que me he movido toda mi vida. Que soy clase media en lo económico, pero no en lo simbólico. Y que en ese cruce aparece Daniela como figura interesante: pobre en lo material, rica en lo espiritual, cultivada por un padre que supo entregar libros en vez de dogmas.

Le conté que ella es primogénita, que su padre les dio la Biblia a sus tres hijas y las dejó buscar su propio camino. Que su madre es protestante, que su padre es católico, y que ella quedó en ese territorio intermedio donde la fe no es una institución sino una búsqueda. Le dije que averigüé lo esencial: que es soltera, que no tiene ataduras religiosas que impidan una evangelización católica si así lo quisiera. Baltasar respondió con un “uy”. Y yo seguí.

Le mostré fotos.
Le conté cómo se halló en el vestuario que le regalé.
Cómo se autoencantó.
Cómo la vi más linda que nunca.
Cómo ese jean azul oscuro y esa chaqueta económica que ella misma me ayudó a encontrar nos dieron una estética compartida sin perder la individualidad.
Cómo me reí solo.
Cómo esta mujer está levantando puntaje en mi ser.

Baltasar volvió a escuchar.
Y yo seguí.

Porque este monólogo no era para él: era para mí.
Era para ordenar lo que siento, lo que pienso, lo que observo.
Era para integrar el perdón que le di a Daniela sin que ella replicara ni se disculpara.
Era para reconocer que en nuestras charlas espirituales, ella hace cosas que yo comprendo, aunque a veces me duelan.
Era para entender que mi vínculo con los vulnerables no es casual: es parte de mi camino mercedario, de mi forma de moverme entre mundos distintos.

Este monólogo con Baltasar es, en realidad, una bitácora espiritual.
Un registro de cómo se cruzan en mí la clase, la fe, la estética, la pobreza, la cultura y el deseo.
Un capítulo más de este tránsito que estoy viviendo, donde cada encuentro —con Daniela, con Baltasar, conmigo mismo— deja una marca.

Y hoy, necesitaba escribirlo.



Nuestra 2° contienda con Daniela

Daniela, esto que pasó no es menor. Me cayó mal, me enojó, me tocó donde no corresponde. Y no porque hayas hablado de energías o de lo que sentiste, sino porque no me pudiste leer. Yo te escucho audios larguísimos, de diez, trece minutos, con toda la atención que puedo darte. Vos sabés que te escucho. Sabés que entro en tu mundo, que trato de entenderte, que me tomo el tiempo.

Pero cuando yo hablo, cuando yo digo algo mío, cuando comparto una sombra o un estado, vos no entrás. No lo leés. No te detenés. Lo traducís a tu sistema energético y listo. Y eso, Daniela, duele. Porque me borra. Porque me convierte en un símbolo dentro de tu teoría, en vez de ser un sujeto con sentimientos propios.

Lo que dijiste en ese audio me molestó porque mis sombras son mías. Mis ganas de renunciar son mías. Mi historia emocional es mía. No se contagia, no se absorbe, no se toma como si fuera una corriente que te atraviesa. Eso es cruzar un límite. Y encima, cuando esto me golpea, cuando me enoja, cuando necesito que lo atendamos, no tenés tiempo. El trabajo, las obligaciones, lo que sea. Y yo quedo con la bronca en la mano, esperando que vos puedas escucharme como yo te escucho a vos.

Esta es nuestra segunda contienda.
La primera fue por otra cosa.
Esta es por lectura.
Por atención.
Por reciprocidad.
Por respeto emocional.

Yo no te pido que pienses como yo.
Te pido que me leas.
Que no traduzcas todo a tu cosmología.
Que no me conviertas en energía cuando estoy hablando como persona.
Que no me atribuyas sentimientos que son míos y que yo sé de dónde vienen.

Si vamos a seguir hablando, si vamos a seguir compartiendo, necesito que esto quede claro:
Yo te escucho.
Vos tenés que leerme.
Si no, no hay diálogo.
Hay monólogos cruzados.

Y yo no quiero eso.
Pero tampoco voy a dejar pasar algo que me dolió tanto.



domingo, 28 de junio de 2026

Las dos alas


Hay días en los que la vida se ordena sin pedir permiso.

Días en los que uno no busca nada, no espera nada, y sin embargo algo se acomoda adentro, como si el mundo dijera: “así es como tiene que ser”.

El día que compartí con Daniela fue uno de esos.

Daniela es eso: mi ala izquierda.
La parte de la vida que se mueve en penumbra, que siente fuerte, que vibra en lo urbano, lo nocturno, lo intenso.
La sombra que no asusta porque no pide nada.

El ala derecha

Y en el otro extremo, sin competir, sin mezclarse, está Mariela.

La profesora de yoga que me dijo que iba a meditar para agradecerme.
La mujer que aceptó recién ahora después de buen tiempo que hace que se lo ofrecí un regalo que necesitaba, no por vanidad sino por gusto y por falta de prioridades para quedarse con ese conjunto que ella misma vende en su local de ropa femenina.
Mariela fue la que eligió un jean azul pero siempre desde la naturalidad.
La que viste paño claro, casi blanco, como si su estética fuera una respiración.

Mariela es mi ala derecha.
La luz, la calma, la gratitud limpia.
La energía que eleva, que ordena, que no invade.

El 30 de junio retiraré el dinero para regalarle su ropa.
No es compra de afecto.
Es reconocimiento.
Es darle forma a su lugar en mi constelación.

El eje

Y en el centro estoy yo.
No entre dos mujeres: entre dos fuerzas.

A la izquierda, Daniela: la sombra que acompaña.
A la derecha, Mariela: la luz que sostiene.
Y yo, con mi bastón dragón, soy el eje que no se inclina hacia ninguna, pero se deja atravesar por ambas.

No busco pareja.
Busco equilibrio.
Y estas dos presencias —tan distintas, tan necesarias— me devuelven partes de mí mismo que estaban esperando ser nombradas.



Dueto de cuero y silencio


Daniela vino hasta mi casa en bus, como quien llega a un lugar donde sabe que la van a recibir sin juicio ni exigencias.

La esperé con la tranquilidad de quien ya resolvió lo esencial: no somos pareja, no estamos construyendo nada romántico, pero sí podemos compartir un tramo del camino con respeto y presencia.

La llevé hasta mi médico, me acompañó en lo que necesitaba, y después fuimos al Outlet Alvear a elegirle ropa.
No hubo tensión, ni segundas intenciones, ni ese ruido interno que tantas veces enturbia lo simple.
Fue un gesto limpio, un acto de bien que quise hacer porque sí, porque a veces ayudar ordena más que cualquier reflexión.

Volvimos a casa, pedimos 2 lomitos completos con papas, y comimos como dos personas que se conocen desde hace tiempo y pueden estar en silencio sin incomodarse.
Más tarde fuimos a María’s, en Alto Alberdi, a cerrar el día con un café, una charla tranquila y muy amena, en donde hablamos principalmente de nuestras sombras, cosa de lo que la mayoría de las personas no se animan a hablar con la libertad y aceptación que lo hablamos nosotros.
No esperé nada de eso, y eso fue lo que lo volvió tan liviano.

Daniela tiene su sensibilidad, su manera intensa de sentir el mundo, y yo la respeto.
Hoy pude acompañarla sin invadirla, sin proyectar, sin pedirle nada.
A veces la vida se ordena así: haciendo un bien concreto, sin ruido, sin deuda, sin promesas.
Y ayer fue uno de esos días.

La estética compartida

Cuando a la noche nos vestimos para salir, ella se reencontró con su propia imagen.
Le gustó que yo saliera con mis uñas pintadas y mi bastón —el dragón plateado que me acompaña desde hace años—, sin que nadie se lo sugiriera siquiera ella se pintó el hocico de negro y le quedó fantástico (literal).
Nos miramos en el espejo del ascensor y entendimos que el dueto estaba completo:
yo con mi chaqueta de cuero y todo lo demás también negro, ella con su campera engomada y como para tener su individualidad; un jean azul y zapatillas.
Dos presencias distintas, pero dentro del mismo clima.
Negro, ciudad, noche, decisión.

La foto que tomamos ahí no fue una selfie casual: fue un registro de equilibrio.
El bastón, apenas más visible, marcó el eje.
El reflejo múltiple del ascensor nos devolvió como dos figuras que se acompañan sin confundirse.
Unidad estética sin fusión emocional.
Compañía sin deuda.

El cierre

Volvimos del bar cerca de las tres, nos dormimos a las cinco luego de una tertulia estimulante que había comenzado en el bar y continuó en El Clermont, nos levantamos al mediodía del 27.
Desayunamos en La Casona: juguitos de naranja, 3 tostadas de pan lactal cada uno, con jamón y queso, café negro ella, cortado doble yo.
El día siguió con esa calma que queda cuando todo está en su lugar.

No hubo promesas, ni planes, ni futuro.
Solo un tramo compartido, limpio, adulto, sin ruido.
Y eso —en este tiempo— vale más que cualquier historia.



martes, 16 de junio de 2026

✨ LA VISITA EN LAS ALTURAS


Crónica de un estilista abogado retirado

La noche estaba quieta en las alturas.
Yo seguía ajustando mis planillas, revisando números, ordenando mis gastos como quien ordena un altar doméstico.
La Taunus seguía ahí, fiel y antigua, y yo continuaba en mi etapa de supervivencia, como la llamo, esperando que agosto traiga un poco de aire.

Y entonces golpearon la puerta.

Era la mujer salteña de abajo.
Subió con su tonada dulce, con ese modo de entrar que tienen las mujeres del norte: como si la casa ya las conociera.
Venía por la Fiat Strada, sí, pero también venía por otra cosa. Yo lo supe apenas cruzó el umbral.

🎓 El sueño que traía en la voz

Se sentó, miró alrededor, respiró hondo y me lo dijo casi en secreto, como quien confiesa un sueño que le pesa por dentro:

Doctor… mi sueño de toda la vida es estudiar Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba. Pero ya estoy grande.

En su juventud había cursado hasta tercer año, hasta que una traición de su entonces esposo la obligó a abandonar.
(Le respeto su intimidad en los detalles.)

Ahí me enderecé.
Porque esas frases yo las conozco.
Las escuché en pasillos, en aulas, en vidas que se animaron tarde.

Le conté que cuando yo estudiaba tenía por compañeras a una señora mayor que terminó la carrera impecable, con una prolijidad que muchos jóvenes envidiaban.
Le conté de la cieguita, que rendía con una dignidad que hacía callar al aula entera.
Y de la madre de mi mejor amigo, que empezó Derecho pasados los cincuenta y lo terminó como quien cumple una promesa hecha a sí misma.

Sí, Hilda. Sí. Hágalo. Cumpla su sueño.
Eso le dije.
Y no como abogado, sino como coach de destino.

Le ofrecí ayudarla cuando lo necesitara: explicarle materias, orientarla, sostenerla si flaqueaba.
Pero sobre todo, le ofrecí fe.
Porque hay sueños que no se vencen por la edad, sino por el miedo.

🚗 La Strada y el milagro en germen

Después hablamos de la Strada.
De su GNC de 5ta generación, de su estado impecable, de su color perfecto.
Y yo le conté lo mío, con la claridad que corresponde cuando uno quiere hacer las cosas bien.

Y mientras ella hablaba y yo le mostraba mis números, me cayó encima —como un manto suave— la conciencia del milagro.

Porque esta mera oportunidad que Hilda trajo a mi casa es, en sí misma, un hecho sobrenatural.

Yo, que me veía destinado a tener la Taunus como único vehículo, invirtiéndole e invirtiéndole con sacrificio, jamás imaginé que pudiera aparecer ante mí la posibilidad real de acceder a un auto moderno de veinte millones de pesos.
Era un precio que me resultaba irrisoriamente imposible, casi una broma del mercado.

Y sin embargo, ahí estaba:
la Strada blanca, 2018, con GNC de 5ta generación, entrando a mi vida no por un aviso, no por un trámite, sino por una mujer salteña que subió a mi casa como enviada.

Por eso, hecha ya mi propuesta —que aquí comparto—, pido a los Cielos, a la Trinidad, a la Virgen de la Merced, a los ángeles y a los santos que me protegen, y también a todos los humanos de buena intención que me han visto padecer tanto con la Taunus, que me ayuden a que este negocio se concrete.
Porque si esto no es un milagro en germen, entonces no sé qué nombre darle.

😄 El humor divino del Cielo

Y mientras pensaba en todo esto, no pude evitar reírme solo, porque esta Strada —esta misma— era el sueño dorado de Analía cuando quería cambiar su Saveiro y su Fiat Uno Way.
Estuvo detrás de una como esta durante meses, casi como si la persiguiera.

Y después, en un golpe de suerte y de una inversión maestra de ahorros que yo desconocía por completo, terminó comprándose la camioneta que desde el 2012 yo más anhelaba entre cualquier otro auto: una Ecosport de última generación.
Ironías del destino.

Fue ella, además, quien me enseñó a mirar con atención los autos que eligen los profesionales pudientes cincuentones: Toyota Corolla, Renault Fluence, esos que con mis hermanas llamábamos “los premium”, los alta gama de nuestra herencia paterno-materna.

Y ahora, si este milagro en potencia se concreta y logro comprar la Strada, bien podría venderla más adelante —aunque fuera a menor precio— para dar el salto hacia uno de esos autos premium leandrezcos que sí me quedaría hasta la muerte, con sus service oficiales anuales como corresponde.

Si esto no es humor divino, no sé qué es.

📜 TEXTO PARA HILDA

Hilda, recién terminé de ajustar mis planillas con calma, como le comenté antes de que se fuera. Revisé cada partida para no comprometer mis gastos esenciales, y el resultado final me dio una capacidad real de inversión mensual de $432.000, incluso sin mejorar mis partidas de comida y gastos reservados, que lo tenía previsto para estos meses venideros y en lo sucesivo. Por lo tanto, hasta terminar de pagar el auto continuaría la etapa de sacrificio o “supervivencia”, como le llamo yo.

Sigo contemplando los gastos básicos de la Taunus, como para conservarla, tal cual usted misma me lo sugirió, y lo incorporé dentro del modelo financiero que entraría a regir desde agosto, dado que este aguinaldo y el sueldo de julio ya los tengo comprometidos de antemano con las inversiones en mí (operación de cataratas), en vestimenta para regalar, en la Taunus y en la casa (plomería y aire acondicionado).

Con ese número ya firme, quería decirle que sigo muy interesado en su Strada. Es un vehículo excelente, muy bien cuidado, con un kilometraje excepcional, GNC de 5ta generación, y además en el color que más me gusta. Y entiendo perfectamente que usted quiera venderla de manera segura después de un año sin poder concretar la venta y al precio que usted pretende.

Por eso, si a usted le sirve, puedo ofrecerle un esquema de 50 cuotas (4 años y dos meses) de $400.000, con la actualización correspondiente, que me gustaría poder negociar, dado que al Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) del INDEC que usted ha propuesto le temo un poco justamente por lo ajustadísimo de mi presupuesto, siendo este índice más duro que el IPC.

Todo quedaría respaldado por un contrato formal, con la firma de mis dos hermanas como garantes, más el honor y el buen nombre de la familia Alippi en Córdoba, que usted conoce. Una vez que usted se decida a aceptarme mi oferta, recién ahí iría yo a explicar detalladamente el negocio a mis dos hermanas mayores, quienes, si estuvieren de acuerdo, serían con toda seguridad mis dos garantes.

Mi intención es que usted esté tranquila, protegida y segura en todo el proceso. Si esta propuesta le resulta razonable, avanzamos con calma, sin apuros, dejando todo por escrito para que ambas partes queden cubiertas.

Y nuevamente, gracias por haber venido a consultarme. Para mí fue una alegría que haya entrado a mi casa a conversar conmigo, y una Gracia directa de esa Virgencita en la que tanto creo —la misma que el Gral. Manuel Belgrano entronizó como Patrona del Ejército Argentino y cuya historia usted tan bien conoce—, a quien le vengo rezando hace días que me libere, como la liberadora de cautivos que es, de tantos problemas relativos a mi auto antiguo.

Respecto a lo otro que me pidió, el contacto con un excelente abogado previsionalista, le paso este correo electrónico, pues no tengo el teléfono. Se llama Dra. Alicia Cadario:

aliciacadario

La mujer salteña se fue después de un rato largo.
Yo quedé solo otra vez, en silencio, con la carta lista para enviar.
La Strada quedó flotando como posibilidad.
La Taunus como fidelidad.
Y su sueño de estudiar Derecho como un pequeño milagro que me tocó presenciar.

Hay visitas que no son visitas.
Son señales.



jueves, 4 de junio de 2026

🜁 El Ermitaño que Regresa al Mundo

Hay mañanas en las que uno se despierta con un leve temblor interno, como si el cuerpo recordara algo antes que la mente.

Hoy me pasó eso.

Anoche abrí una puerta que llevaba años cerrada.
No por miedo, sino por hábito.
Y al abrirla, me descubrí diciendo cosas que no suelo decir: posibilidades, escenas, gestos de vida compartida.
No promesas: símbolos.

Me asusté un poco.
No por lo que dije, sino por lo que reveló de mí:
que después de tanto tiempo de ermitañez, todavía soy capaz de imaginar un “nosotros”.

Pero después vino la risa.
La risa por mí, por mis exageraciones, por mis impulsos expansivos.
La risa por ella, por su sorpresa.
La risa por mis mujeres de la vida —las presentes, las pasadas, las imaginadas—.
La risa que Don Juan habría aprobado, esa que dice:

El que puede reírse de los otros y de sí mismo tiene la mitad de la batalla ganada contra lo desconocido.

Y entendí algo que los viejos ermitaños sabían bien:
que la soledad verdadera no es encierro, sino fundamento.

Los grandes anacoretas siempre regresaban.
Volvían a la ciudad, al monasterio, a la gente.
No para perderse, sino para irradiar.
No para renunciar a su cueva, sino para fundar algo nuevo desde ella.

Quizás estoy en esa etapa.
No dejo mi ermita: la llevo conmigo.
Pero puedo abrir la puerta.
Puedo dejar que alguien entre un poco.
Puedo explorar sin entregarme, ofrecer sin perderme, sentir sin desbordarme.

No sé qué pasará.
No necesito saberlo.

Lo único cierto es que estoy vivo, y que la vida —cuando quiere— toca la puerta con suavidad, con sorpresa, con diferencia de edad, con humor, con misterio.

Y uno, si está despierto, abre.

🜂 Epílogo: El eco del regreso

A veces el mundo responde con silencio.
No es rechazo, es espejo.
El ermitaño ofreció compañía y recibió distancia; ofreció palabra y recibió pausa.
Y en esa pausa comprendió que el regreso no se mide por aceptación, sino por claridad.

La vida no le pidió renunciar a su cueva, sino reconocer su ritmo.
El gesto de abrir la puerta fue suficiente para que el aire nuevo entrara.
El resto —la respuesta, el trabajo, la continuidad— pertenece al tiempo.

El ermitaño sonríe.
No porque haya ganado algo, sino porque ya no teme ofrecer.
Y vuelve a su senda, sabiendo que cada intento de vínculo es también una forma de oración.



lunes, 25 de mayo de 2026

Patriarca — Acta de Reconstrucción


Dejo asentado en este libro la etapa que atravieso.
No como quien anota tareas, sino como quien registra un paso de grado.
Lo que escribo aquí no es futuro: es jurisdicción.
Es el territorio que debo ocupar con mi cuerpo, mi casa, mi movilidad y mi visión.

Todo lo que soy se está reordenando.
Y este reordenamiento exige presencia, disciplina y carne.

1. El Cuerpo: Primer Templo

Mi cuerpo se debilitó.
La comida chatarra, la pérdida de masa muscular, la energía baja: señales claras de que descuidé el templo.

La calistenia en casa fracasó por falta de disciplina.
No lo niego: lo registro.

Sé que cuando vuelva al programa de sobrepeso me van a pedir actividad física.
Y ahí está mi camino: las pesas, el hierro, el gimnasio que me hizo bien el año pasado.
Black Lion, territorio de fuerza y silencio, vuelve a ser parte de mi reconstrucción.

También debo retomar el cuidado dental.
No puedo volver a la vieja costumbre de dejar que mis dientes se arruinen por abandono.
El odontólogo entra en este pacto de adultez.

Mis compromisos son claros:

  • recuperar masa muscular

  • ordenar la alimentación

  • volver al gimnasio

  • retomar el odontólogo

  • reconstruir mi energía para sostener lo que viene

Este no es un plan estético.
Es un acto espiritual.
Es mi forma de decir: habito mi cuerpo, habito mi vida.

2. La Casa: El Hogar que Debe Calentarse

Mi casa necesita calor.
No solo temperatura: presencia.

El calefactor eléctrico Peabody de 2.000 W no requiere instalación.
Se enchufa y funciona.
Pero su sentido es mayor: es el gesto de encender mi propio hogar, de no vivir en la intemperie emocional.

Es parte del ordenamiento del templo.
Es parte de mi adultez.

3. La Taunus: Prueba de Fuego

La Taunus sigue siendo mi rito iniciático.
La ITV es su examen y el mío.

No es un auto: es mi capacidad de sostener lo que empiezo.
Es mi relación con la materia, con la responsabilidad, con la continuidad.

Verla aprobar su prueba de fuego será un sello de esta etapa.
Una confirmación de que puedo materializar lo que mi espíritu viene trabajando.

4. La Visión: El Ojo que Debe Aclararse

Estoy por continuar los estudios prequirúrgicos para la catarata derecha.
Más allá de lo médico, esto es símbolo:

Ver mejor el mundo exterior.
Ver mejor mis decisiones.
Ver mejor mi camino.

Es un cierre de ciclo.
Es una apertura limpia.

5. El Hilo Rector

Cuerpo, casa, movilidad y visión.
Cuatro pilares.
Un solo movimiento.

No estoy cayendo: estoy transicionando.
No estoy perdido: estoy reordenando.
No estoy solo: estoy siendo preparado para caminar con mis propias piernas.

Este acta queda asentada como recordatorio:

Lo que viene requiere un cuerpo fuerte, un hogar encendido, un vehículo en regla y una mirada limpia.

Y lo voy a cumplir.



domingo, 24 de mayo de 2026

El día en que descubrí que también soy hincha


(24 de mayo – Belgrano Campeón de Primera División)

Yo no era hincha de fútbol.
Nunca lo fui.
Ni de chico, ni de joven, ni en mis años de relator en un Juzgado Civil.
Tampoco en mis años de marido: primero de Sole, después de Ely.

Durante décadas, el fútbol fue para mí un paisaje ajeno.
Hasta que un día, sin buscarlo, el barrio me adoptó.
Pero antes de eso hubo un momento crucial, un punto de inflexión que recién ahora, con Belgrano campeón, vuelve a mí con claridad.

El origen de la chispa: Analía, el Centro y el barrio en fiesta

Fue en El Clermont, cuando Analía estaba yendo a unas charlas de budismo durante tres días consecutivos.
El domingo la llevé como siempre a la mañana, y me tocaba buscarla al mediodía.
Pero ese mediodía Alberdi estaba estallado: se venía un clásico y el barrio hervía.

Cuando ella salió de la sala de conferencias, le propuse ir a comer algo por ahí cerca para evitar la movida.
Pero Analía —con esa mezcla suya de intuición y curiosidad— me dijo que no, que fuéramos a conocerlo, casi como quien va a ver un espectáculo turístico.

Le hice caso.
Tomamos el bus, bajamos en Colón y Arturo Orgaz, y caminamos por las arterias más fiesteras rumbo al Gigante.
Nos comimos un choripán en la calle, entre bombos, banderas, familias, risas, cantos, humo azul.

Y ahí, por primera vez en mi vida, vi al barrio a pleno con Belgrano.
Ahí se me encendió la chispa.
Ahí empezó todo.

El día del campeonato: identidad, radio y familia

Hoy, 24 de mayo, esa chispa se volvió fuego.
Belgrano campeón de Primera División.
Un partido histórico, una definición inolvidable.

Y lo viví acompañado.
Estuve conectado por WhatsApp con mis tres hermanas —Lucía, Alejandra y Georgina—, las tres Marías vivas.
La cuarta, María Irene, murió antes de que esta pasión naciera, y su ausencia se sintió como un silencio respetuoso en la mesa familiar.

Éramos cinco los que no vimos el partido:
lo escuchamos por radio, como antes.
Lucía y yo, especialmente, seguimos cada jugada con esa mezcla de ansiedad, ternura y descubrimiento.
Alejandra y Georgina se fueron sumando en un crescendo hermoso.

Y del otro lado, Nadia, la única que sí lo vio, la única que ya venía formada como hincha desde la mano de su padre.
Ella fue nuestros ojos.

En medio de todo eso, descubrí cosas nuevas en mí:
cábalas improvisadas, rezos fervorosos, lágrimas de emoción alegre.
Un hombre grande sorprendiéndose de sí mismo.

El barrio en estado puro

Y después está el folklore.
Ese auto nuevo que aparece en medio de la calle, con un equipo de sonido que hace vibrar las veredas, y todos los hinchas cantando alrededor.
La canción que suena es Rodrigo, sin vueltas.
El cordobés eterno convertido en bandera emocional.

El partido que hizo historia

River ganando 2–1.
La mano en el área.
El árbitro que no cobra.
Los minutos eternos.
La revisión.
El penal.
El empate.
Y el tercero que cayó como un rayo sobre un River desorientado.
3–2.
Belgrano Campeón de Primera División.

El campeón mundial cordobés

Y ahí Lucía dijo algo que me quedó grabado:
que Belgrano es, por extensión, el primer campeón mundial cordobés.
Porque si Argentina es el campeón del mundo,
y Belgrano es el campeón de Argentina,
entonces —en la lógica hermosa de los hinchas—
Belgrano es campeón del mundo en cuanto a clubes se trata.

Recordó también que en 1978, incluso papá —que tampoco era hincha— vio el partido con nosotros, y que Talleres perdió.
Como si la historia, de algún modo, cerrara un círculo.

Lo que gané hoy

Hoy Belgrano salió campeón.
Pero yo gané otra cosa:
una pasión nueva, inesperada, luminosa.
Algo que no sabía que estaba esperando.

Y sí:
creo que después de hoy voy a terminar contratando un canal de fútbol.
Porque esto, Lean…
esto es muy lindo.



sábado, 23 de mayo de 2026

Patriarca. Bitácora del espejo


Sábado de descanso y de juego.
En el espejo, el brujo vampiro levanta su bastón y sonríe con uñas negras y anillos rituales.
Del otro lado, el hombre pulcro y luminoso lo observa con calma.
Ambos son reales: uno actúa, el otro descifra.
Y entre los dos, la risa de mi hermana —esa risa que devuelve equilibrio y humanidad al rito.

La escena nació como una broma, pero terminó revelando algo más hondo.
El Leandro real, el luminoso, quedó dentro del espejo.
El que mira desde afuera es el que arma el escenario, el que se viste de negro para entenderse, el que juega con su propio personaje sin perder la conciencia de sí.

Y en ese juego adolescente de alto rango —como lo llamé riéndome— hay algo profundamente adulto:
la capacidad de reírse de uno mismo mientras se recupera la energía vital,
la capacidad de habitar la soledad sin culpa,
la capacidad de caminar acompañado por la propia historia.

A veces el que marcha solo no está solo:
se acompaña de sí mismo, de su pasado vivo y de su reflejo.
Y cuando logra sonreírle a su propio personaje,
entonces sí, el presente vale la pena vivirse.



El hombre que no está solo


Salgo a la calle como quien entra en sí mismo. No voy acompañado, pero no voy solo. Camino blandiendo mi bastón —no como apoyo, sino como extensión de mi presencia— y con las uñas negras que me recuerdan que sigo eligiéndome.

Entro a un bar cualquiera. Una mesa, una luz tibia, un café o una gaseosa. Nada de alcohol: no lo necesito para estar. Me siento, y ahí aparece mi verdadera compañía: el cuaderno de notas, el cuaderno de oraciones, las cartas de tarot que a veces asoman entre las páginas como animales que respiran lento. No necesito más.

La gente mira al hombre que toma solo. Yo sé otra cosa: estoy conmigo. Estoy con mi conversación interna, con mis preguntas, con mis pequeñas certezas. Estoy con la palabra que baja cuando quiere, con la oración que se escribe sola, con la escena que se ordena sin que yo la fuerce.

A veces levanto la vista y escribo en el celular con mis anteojos puestos, como si estuviera hablando con alguien del otro lado del mundo. Y en cierto modo es así: hablo con mi vida definitiva, con la versión de mí que ya no pide permiso para existir.

Y cuando una amiga como Nadia, Daniela o Erica se suma, la escena se vuelve una fiesta tranquila, una celebración mínima pero real. Sé que vendrán más presencias, más amistades que se animen a compartir este modo de estar. Y quién dice: tal vez más adelante, una compañera que desee compartirse íntimamente también.

El hombre que va solo no está solo.
El hombre que va solo está consigo mismo.
Y eso —recién ahora lo entiendo— es una forma de compañía que no se negocia.



Las uñas negras


Hay gestos que parecen menores, pero en realidad son ajustes finos del linaje.
Hoy me pasó con las uñas.

Vengo trabajando el negro como signo: un detalle mínimo, casi un acento, que no busca llamar la atención, pero sí marcar territorio interno. Un pequeño pacto conmigo mismo. Pero también existe la familia de origen, ese ecosistema donde ciertos códigos siguen vigentes y donde las uñas largas en un varón todavía funcionan como un ruido cultural.

Entonces hice lo que corresponde cuando uno habita varios mundos a la vez:
me las corté. Las dejé prolijas, limpias, discretas. No por obediencia, sino por lectura. Hay escenarios donde conviene entrar con los símbolos atenuados, no para agradar sino para no gastar energía en batallas que no son necesarias.

Pero el negro no se va.
El negro queda reservado para otros ambientes, otras escenas, otros círculos donde mi gesto respira sin fricción. Ahí sí: uñas negras, cortas, firmes, como una nota de identidad que aparece cuando corresponde.

No es concesión.
Es coreografía.
Es saber moverse entre mundos sin perderse.



✦Día 6 de mi vida definitiva. Plan de Inversión del Aguinaldo


(crónica íntima de un hombre que ordena su mundo por dentro y por fuera)

Junio se me abrió como una puerta antigua.
Y detrás de esa puerta encontré una certeza: es tiempo de poner en eje mi casa, mi auto y mi cuerpo.
No como quien gasta, sino como quien restaura su territorio.

La Casa

Primero, el hogar.
El plomero que vendrá a cerrar la pérdida del inodoro, el monocomando chino que será reemplazado por uno digno, y ahora también el hallazgo del mes:
un calefactor Orbis, usado un solo invierno, impecable, por $55.000.
Nuevo vale $240.000.
Ahorro real: $185.000.
Ese tipo de decisiones hablan de un hombre que sabe esperar el momento justo.

A esto se suman los detalles que completan la escena:
los 4 platos playos que continúan la vajilla nueva que inicié con los de postre,
y las 4 copas grandes, que ya imaginan futuras sobremesas.

El Auto

Después, la Taunus.
Mi nave ritual, mi modo de moverme por Córdoba con la dignidad de quien conoce sus caminos.
Faritos traseros nuevos, llanta reparada, guiño resucitado, kit de seguridad, ITV,
y la instalación eléctrica premium que será el corazón renovado del auto.
No es mecánica: es autonomía.

Mi Persona

Y finalmente, yo.
El perfume que ya reconocen cuando entro.
Los estudios para mis ojos —mis ventanas al mundo—,
y la costura de los pantalones nuevos que me esperan para caminar mejor.
Invertir en mí es invertir en mi presencia.

Sociales

Porque una vida ordenada también necesita calor humano.
Una salida con Nadia en un bolichito de Güemes,
una tertulia con Baltasar,
y otra con mis tres hermanas, invitadas por mí,
con comida árabe como puente y celebración.
No son gastos: son vínculos que se honran.

Lectura final

Este plan no es financiero.
Es existencial.

Casa → raíz.
Auto → movimiento.
Cuerpo → presencia.
Sociales → pertenencia.

Cuatro vértices.
Y en el centro, yo:
un hombre que vuelve del Maria’s con la certeza tranquila de estar construyendo una vida más sólida, más suya, más verdadera.



miércoles, 20 de mayo de 2026

Día 3 de mi Vida Definitiva — La mañana en que volví a mi eje


Hoy me desperté a las 10 de la mañana, con esa dormidera sin tristadera que ya reconozco como parte de mi fisiología cuando me acuesto tarde.
No fue un síntoma, no fue un retroceso: fue simplemente que anoche me dormí a las 2:15.

Pero lo importante no fue la hora.
Lo importante fue lo que pasó después.

Me levanté, me observé, y me di cuenta de que la tristeza ya no estaba.
La dormidera sí, pero sin ese peso que me venía acompañando desde febrero.
Y ahí hice lo que sé que me ordena: ducha fría.

En cuanto el agua me tocó la piel, la modorra se fue como si alguien hubiera abierto una ventana interna.
Quedé despierto, lúcido, en eje.

Y con esa claridad me puse a revisar mis últimos movimientos:
los perfumes, las uñas negras, el Dragón Alippi, los símbolos, la energía que volvió.
Y pude ver algo que ayer no veía tan nítido:

no estoy entrando en euforia.
Estoy entrando en vida.

La diferencia es enorme.

La euforia no consulta, no frena, no pide supervisión, no se observa.
Yo sí.

Hoy le escribí a Daniel con una honestidad quirúrgica, mostrándole mis impulsos, mis frenos, mis decisiones.
Y le escribí a Ely con la misma claridad:
explicando mi alerta, cancelando compras que no necesito, cuidando mi economía y mi proceso.

Ella me puso un límite sano —su estilo directo, práctico—
y yo respondí desde un lugar adulto, regulado, sin ansiedad.
Eso, para mí, es señal de que mi eje volvió.

Hoy entendí algo que marca este Día 3:

la energía que volvió no es peligrosa.
Es mía.
Y puedo manejarla.

No necesito apagarla.
Solo necesito conducirla.

Y eso estoy haciendo.

En un rato me preparo para salir con Lucía y Alejandra a comer a La Ruleta de Pancho.
Voy a ir como estoy hoy:
despierto, tranquilo, dueño de mí, sin exageraciones, sin símbolos innecesarios, sin máscaras.

Solo yo.
Lean.
En mi vida definitiva.




martes, 19 de mayo de 2026

Día 2 de mi Vida Definitiva


El día en que entendí que mi energía vuelve a mí

Hoy, en este segundo día de mi vida definitiva, descubrí algo que no esperaba:
que mi energía vital —esa que durante décadas se me escapaba por los bordes del amor, del deseo, de la compulsión afectiva— está regresando a casa.

No fue un acto heroico.
No fue una iluminación.
Fue un diálogo con un amigo.
Un simple intercambio de WhatsApp que, sin proponérselo, funcionó como un rito de pasaje masculino.

Mientras hablábamos, me escuché decir cosas que nunca había dicho con tanta claridad.
Me escuché revisar mi historia, mis once compañeras, mis entregas totales, mis excesos de donación.
Me escuché nombrar lo que siempre supe: soy muy donado.
Y por primera vez no lo dije como defecto, ni como lamento, ni como bandera de guerra.
Lo dije como quien reconoce su naturaleza.

Porque mi problema nunca fue el amor.
Fue la compulsión.
Fue la incapacidad de amar sin entregarme entero: cuerpo, mente, alma y patrimonio.
Fue la tendencia a perderme en la otra persona como si mi identidad dependiera de su mirada.

Hoy entendí que esa etapa terminó.

No porque haya renunciado al sexo.
No porque me haya vuelto asceta.
No porque me haya endurecido.
Sino porque descubrí algo más profundo:
mi energía vital ya no está disponible para ser drenada.

Hoy puedo estar con amigas sin querer convertirlas en destino.
Puedo degustarlas como vinos nobles sin emborracharme.
Puedo disfrutar de la belleza femenina sin caer en la trampa del Don Juan que fui.
Puedo elegir la sobriedad afectiva sin sentir que pierdo algo.

Y puedo, por primera vez en muchos años, decir que estoy libre.

Libre para crear.
Libre para pensar.
Libre para caminar sin compulsión.
Libre para no necesitar nada de nadie.
Libre para que mi energía vuelva a mí.

Este es mi retiro.
No un retiro del mundo, sino un retiro hacia mí mismo.
Una reclusión interior que no es encierro, sino soberanía.
Un celibato operativo, no moralista.
Una forma adulta de custodiar mi donación para cuando llegue —si llega— la mujer correcta.

Hoy, en este segundo día de mi vida definitiva, entendí que no estoy apagando mi fuego.
Estoy aprendiendo a dirigirlo.

Arquetipo de esta etapa

Esta etapa corresponde al ARQUETIPO DEL TEMPLARIO INTERIOR.

No el monje.
No el caballero cortesano.
No el dragón desbordado.
No la serpiente enroscada.

El Templario:
el hombre que recupera su energía, que se disciplina sin perder su fuego, que se retira sin huir, que se fortalece sin endurecerse, que se guarda para lo que vale la pena.

Ese soy yo hoy.

Y este es mi post de hoy.



Monólogo con Baltasar

Hoy necesité hablar con Baltasar. No porque él tuviera algo urgente para decirme, sino porque yo tenía que ordenar mi espíritu después de l...