🔥 ARIES — El Fuego que Inicia
🌊 PISCIS — La Niebla que Envuelve
🦂 ESCORPIO — La Profundidad que Transforma
Es el elemento que explica mi magnetismo, mi intensidad y mi modo de vivir los vínculos como iniciaciones.
Escenas, responsabilidades y relatos de mi lugar como patriarca afectivo. Leandro Javier (Petrus) Alippi García. Cuidado sin drama. Autoridad silenciosa. Sin inflación. Parte de mi Comunidad Afectiva Alippi García y Cía.
Es el elemento que explica mi magnetismo, mi intensidad y mi modo de vivir los vínculos como iniciaciones.
Es tardísimo y no tengo nada de sueño. Me lo gané solo: me clavé un termo entero de café como si fuera una decisión estratégica y no un suicidio del descanso. Ahora estoy despierto, hiperalerta, aburrido y con ese antojo nocturno de comprar algo rico y una coca… pero sin un puto centavo.
La culpa de la pobreza express de hoy tiene nombre: Ely. Me escribió para recordarme que le debía una cuota de un perfume. Se me había pasado por completo. Me pidió que le pagara lo que pudiera. Yo tenía apenas trece mil pesos destinados a sobrevivir lo que queda de la semana. Se los transferí sin dudar, como quien paga una penitencia más que una deuda.
Resultado: mi heladera quedó convertida en un páramo. Dos papas. Dos cebollas. Un paquete de spaguetti. Una lata de tomate. Media bolsa de lentejas hervidas para mañana. Medio paquete de polenta para improvisar una salsa pobre pero digna. Es el inventario de mi supervivencia atroz.
Encima, mañana me quedo sin yerba. El mate está en cuenta regresiva. Tendré que recurrir al fiado de alguno de los kioscos que me conocen y me prestan, porque los dos de 24 horas no me fían ni medio. Así que esta madrugada es una mezcla de vigilia, hambre y contabilidad emocional.
Pero en medio de la nada apareció un milagro mínimo: unas tutucas que le había comprado a Daniela y olvidé en un cajón. Las encontré recién. Les estoy entrando como si fueran un banquete.
Cigarrillos tengo de sobra —los compro por encomienda mensual— así que al menos el vicio está asegurado. La coca no. La comida tampoco. El sueño menos.
Hoy necesité hablar con Baltasar. No porque él tuviera algo urgente para decirme, sino porque yo tenía que ordenar mi espíritu después de lo que pasó con Daniela. Y como tantas veces, él respondió con monosílabos, con silencios, con ese modo suyo de escuchar sin intervenir demasiado. Pero a veces, eso es lo que uno necesita: un testigo, no un protagonista.
Le conté que me hizo bien estar con Daniela este viernes y sábado. Que no hubo intimidad, que sigo célibe por decisión propia, hasta que aparezca una mujer que realmente me llene. Le dije que estuve meditando mucho. Y que Daniela, con toda su pobreza material, con su casa donde viven cuatro generaciones bajo un mismo techo, con su instrucción admirable y su padre sabio, me había dejado pensando.
Le hablé de las clases sociales, de lo que tantas veces conversamos: que él pertenece a la clase alta por sangre y por historia; que yo, aunque con menor estatus económico, pertenezco a una aristocracia cultural por formación y por el círculo en el que me he movido toda mi vida. Que soy clase media en lo económico, pero no en lo simbólico. Y que en ese cruce aparece Daniela como figura interesante: pobre en lo material, rica en lo espiritual, cultivada por un padre que supo entregar libros en vez de dogmas.
Le conté que ella es primogénita, que su padre les dio la Biblia a sus tres hijas y las dejó buscar su propio camino. Que su madre es protestante, que su padre es católico, y que ella quedó en ese territorio intermedio donde la fe no es una institución sino una búsqueda. Le dije que averigüé lo esencial: que es soltera, que no tiene ataduras religiosas que impidan una evangelización católica si así lo quisiera. Baltasar respondió con un “uy”. Y yo seguí.
Y hoy, necesitaba escribirlo.
Pero cuando yo hablo, cuando yo digo algo mío, cuando comparto una sombra o un estado, vos no entrás. No lo leés. No te detenés. Lo traducís a tu sistema energético y listo. Y eso, Daniela, duele. Porque me borra. Porque me convierte en un símbolo dentro de tu teoría, en vez de ser un sujeto con sentimientos propios.
Lo que dijiste en ese audio me molestó porque mis sombras son mías. Mis ganas de renunciar son mías. Mi historia emocional es mía. No se contagia, no se absorbe, no se toma como si fuera una corriente que te atraviesa. Eso es cruzar un límite. Y encima, cuando esto me golpea, cuando me enoja, cuando necesito que lo atendamos, no tenés tiempo. El trabajo, las obligaciones, lo que sea. Y yo quedo con la bronca en la mano, esperando que vos puedas escucharme como yo te escucho a vos.
El día que compartí con Daniela fue uno de esos.
Y en el otro extremo, sin competir, sin mezclarse, está Mariela.
Y entonces golpearon la puerta.
Se sentó, miró alrededor, respiró hondo y me lo dijo casi en secreto, como quien confiesa un sueño que le pesa por dentro:
— Doctor… mi sueño de toda la vida es estudiar Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba. Pero ya estoy grande.
Y mientras ella hablaba y yo le mostraba mis números, me cayó encima —como un manto suave— la conciencia del milagro.
Porque esta mera oportunidad que Hilda trajo a mi casa es, en sí misma, un hecho sobrenatural.
Fue ella, además, quien me enseñó a mirar con atención los autos que eligen los profesionales pudientes cincuentones: Toyota Corolla, Renault Fluence, esos que con mis hermanas llamábamos “los premium”, los alta gama de nuestra herencia paterno-materna.
Y ahora, si este milagro en potencia se concreta y logro comprar la Strada, bien podría venderla más adelante —aunque fuera a menor precio— para dar el salto hacia uno de esos autos premium leandrezcos que sí me quedaría hasta la muerte, con sus service oficiales anuales como corresponde.
Si esto no es humor divino, no sé qué es.
Sigo contemplando los gastos básicos de la Taunus, como para conservarla, tal cual usted misma me lo sugirió, y lo incorporé dentro del modelo financiero que entraría a regir desde agosto, dado que este aguinaldo y el sueldo de julio ya los tengo comprometidos de antemano con las inversiones en mí (operación de cataratas), en vestimenta para regalar, en la Taunus y en la casa (plomería y aire acondicionado).
Con ese número ya firme, quería decirle que sigo muy interesado en su Strada. Es un vehículo excelente, muy bien cuidado, con un kilometraje excepcional, GNC de 5ta generación, y además en el color que más me gusta. Y entiendo perfectamente que usted quiera venderla de manera segura después de un año sin poder concretar la venta y al precio que usted pretende.
Por eso, si a usted le sirve, puedo ofrecerle un esquema de 50 cuotas (4 años y dos meses) de $400.000, con la actualización correspondiente, que me gustaría poder negociar, dado que al Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) del INDEC que usted ha propuesto le temo un poco justamente por lo ajustadísimo de mi presupuesto, siendo este índice más duro que el IPC.
Todo quedaría respaldado por un contrato formal, con la firma de mis dos hermanas como garantes, más el honor y el buen nombre de la familia Alippi en Córdoba, que usted conoce. Una vez que usted se decida a aceptarme mi oferta, recién ahí iría yo a explicar detalladamente el negocio a mis dos hermanas mayores, quienes, si estuvieren de acuerdo, serían con toda seguridad mis dos garantes.
Mi intención es que usted esté tranquila, protegida y segura en todo el proceso. Si esta propuesta le resulta razonable, avanzamos con calma, sin apuros, dejando todo por escrito para que ambas partes queden cubiertas.
Y nuevamente, gracias por haber venido a consultarme. Para mí fue una alegría que haya entrado a mi casa a conversar conmigo, y una Gracia directa de esa Virgencita en la que tanto creo —la misma que el Gral. Manuel Belgrano entronizó como Patrona del Ejército Argentino y cuya historia usted tan bien conoce—, a quien le vengo rezando hace días que me libere, como la liberadora de cautivos que es, de tantos problemas relativos a mi auto antiguo.
El que puede reírse de los otros y de sí mismo tiene la mitad de la batalla ganada contra lo desconocido.
Lo único cierto es que estoy vivo, y que la vida —cuando quiere— toca la puerta con suavidad, con sorpresa, con diferencia de edad, con humor, con misterio.
Y uno, si está despierto, abre.
Mis compromisos son claros:
recuperar masa muscular
ordenar la alimentación
volver al gimnasio
retomar el odontólogo
reconstruir mi energía para sostener lo que viene
Este acta queda asentada como recordatorio:
Lo que viene requiere un cuerpo fuerte, un hogar encendido, un vehículo en regla y una mirada limpia.
Y lo voy a cumplir.
(24 de mayo – Belgrano Campeón de Primera División)
Salgo a la calle como quien entra en sí mismo. No voy acompañado, pero no voy solo. Camino blandiendo mi bastón —no como apoyo, sino como extensión de mi presencia— y con las uñas negras que me recuerdan que sigo eligiéndome.
Entro a un bar cualquiera. Una mesa, una luz tibia, un café o una gaseosa. Nada de alcohol: no lo necesito para estar. Me siento, y ahí aparece mi verdadera compañía: el cuaderno de notas, el cuaderno de oraciones, las cartas de tarot que a veces asoman entre las páginas como animales que respiran lento. No necesito más.
La gente mira al hombre que toma solo. Yo sé otra cosa: estoy conmigo. Estoy con mi conversación interna, con mis preguntas, con mis pequeñas certezas. Estoy con la palabra que baja cuando quiere, con la oración que se escribe sola, con la escena que se ordena sin que yo la fuerce.
A veces levanto la vista y escribo en el celular con mis anteojos puestos, como si estuviera hablando con alguien del otro lado del mundo. Y en cierto modo es así: hablo con mi vida definitiva, con la versión de mí que ya no pide permiso para existir.
Y cuando una amiga como Daniela, Alina o cualquier otra amiga se suma, la escena se vuelve una fiesta tranquila, una celebración mínima pero real. Sé que vendrán más presencias, más amistades que se animen a compartir este modo de estar. Y quién dice: tal vez más adelante, una compañera que desee compartirse íntimamente también.
Vengo trabajando el negro como signo: un detalle mínimo, casi un acento, que no busca llamar la atención, pero sí marcar territorio interno. Un pequeño pacto conmigo mismo. Pero también existe la familia de origen, ese ecosistema donde ciertos códigos siguen vigentes y donde las uñas largas en un varón todavía funcionan como un ruido cultural.
Hay hombres que nacen bajo un signo. Y hay hombres que nacen bajo una estructura . Mi carta natal —la verdadera, la que corresponde al 24 de...