Hoy tuve el mejor encuentro desde que estoy de filo.
Y yo, que ya viví este código, lo reconocí sin necesidad de que nadie me lo explique.
Hoy, por primera vez desde que estoy de filo, sentí que el vínculo respiró.
Escenas, responsabilidades y relatos de mi lugar como patriarca afectivo. Leandro Javier (Petrus) Alippi García. Cuidado sin drama. Autoridad silenciosa. Sin inflación. Parte de mi Comunidad Afectiva Alippi García y Cía.
Y yo, que ya viví este código, lo reconocí sin necesidad de que nadie me lo explique.
Hoy, por primera vez desde que estoy de filo, sentí que el vínculo respiró.
Solo registro lo que pasó hoy:
Soy posibilidad.
Y yo ya estoy listo.
Lo que importa ahora es la etapa nueva.
Después de meses de trabajo interno, estoy logrando algo que parecía imposible: enderezar mis dineros.
Ya aporto —aunque tímidamente— a los pozos comunes de las Alippi’s.
Ya tengo algunos morlacos para invitar a merendar a una mujer sin descuadrarme.
Ya puedo proyectar con cabeza fría.
Bien con mis hermanas.
Bien con mi economía.
Bien con mis afectos.
Bien con mi proyecto de vida.
Le mando un agradecimiento especial a mi amiga Daniela que ha sido la que me ha venido introduciendo en esto que pretende convertirse en mi nuevo estilo de vida a nivel afectivo y amoroso.
Es el elemento que explica mi magnetismo, mi intensidad y mi modo de vivir los vínculos como iniciaciones.
Es tardísimo y no tengo nada de sueño. Me lo gané solo: me clavé un termo entero de café como si fuera una decisión estratégica y no un suicidio del descanso. Ahora estoy despierto, hiperalerta, aburrido y con ese antojo nocturno de comprar algo rico y una coca… pero sin un puto centavo.
La culpa de la pobreza express de hoy tiene nombre: Ely. Me escribió para recordarme que le debía una cuota de un perfume. Se me había pasado por completo. Me pidió que le pagara lo que pudiera. Yo tenía apenas trece mil pesos destinados a sobrevivir lo que queda de la semana. Se los transferí sin dudar, como quien paga una penitencia más que una deuda.
Resultado: mi heladera quedó convertida en un páramo. Dos papas. Dos cebollas. Un paquete de spaguetti. Una lata de tomate. Media bolsa de lentejas hervidas para mañana. Medio paquete de polenta para improvisar una salsa pobre pero digna. Es el inventario de mi supervivencia atroz.
Encima, mañana me quedo sin yerba. El mate está en cuenta regresiva. Tendré que recurrir al fiado de alguno de los kioscos que me conocen y me prestan, porque los dos de 24 horas no me fían ni medio. Así que esta madrugada es una mezcla de vigilia, hambre y contabilidad emocional.
Pero en medio de la nada apareció un milagro mínimo: unas tutucas que le había comprado a Daniela y olvidé en un cajón. Las encontré recién. Les estoy entrando como si fueran un banquete.
Cigarrillos tengo de sobra —los compro por encomienda mensual— así que al menos el vicio está asegurado. La coca no. La comida tampoco. El sueño menos.
Hoy necesité hablar con Baltasar. No porque él tuviera algo urgente para decirme, sino porque yo tenía que ordenar mi espíritu después de lo que pasó con Daniela. Y como tantas veces, él respondió con monosílabos, con silencios, con ese modo suyo de escuchar sin intervenir demasiado. Pero a veces, eso es lo que uno necesita: un testigo, no un protagonista.
Le conté que me hizo bien estar con Daniela este viernes y sábado. Que no hubo intimidad, que sigo célibe por decisión propia, hasta que aparezca una mujer que realmente me llene. Le dije que estuve meditando mucho. Y que Daniela, con toda su pobreza material, con su casa donde viven cuatro generaciones bajo un mismo techo, con su instrucción admirable y su padre sabio, me había dejado pensando.
Le hablé de las clases sociales, de lo que tantas veces conversamos: que él pertenece a la clase alta por sangre y por historia; que yo, aunque con menor estatus económico, pertenezco a una aristocracia cultural por formación y por el círculo en el que me he movido toda mi vida. Que soy clase media en lo económico, pero no en lo simbólico. Y que en ese cruce aparece Daniela como figura interesante: pobre en lo material, rica en lo espiritual, cultivada por un padre que supo entregar libros en vez de dogmas.
Le conté que ella es primogénita, que su padre les dio la Biblia a sus tres hijas y las dejó buscar su propio camino. Que su madre es protestante, que su padre es católico, y que ella quedó en ese territorio intermedio donde la fe no es una institución sino una búsqueda. Le dije que averigüé lo esencial: que es soltera, que no tiene ataduras religiosas que impidan una evangelización católica si así lo quisiera. Baltasar respondió con un “uy”. Y yo seguí.
Y hoy, necesitaba escribirlo.
Pero cuando yo hablo, cuando yo digo algo mío, cuando comparto una sombra o un estado, vos no entrás. No lo leés. No te detenés. Lo traducís a tu sistema energético y listo. Y eso, Daniela, duele. Porque me borra. Porque me convierte en un símbolo dentro de tu teoría, en vez de ser un sujeto con sentimientos propios.
Lo que dijiste en ese audio me molestó porque mis sombras son mías. Mis ganas de renunciar son mías. Mi historia emocional es mía. No se contagia, no se absorbe, no se toma como si fuera una corriente que te atraviesa. Eso es cruzar un límite. Y encima, cuando esto me golpea, cuando me enoja, cuando necesito que lo atendamos, no tenés tiempo. El trabajo, las obligaciones, lo que sea. Y yo quedo con la bronca en la mano, esperando que vos puedas escucharme como yo te escucho a vos.
El día que compartí con Daniela fue uno de esos.
Y en el otro extremo, sin competir, sin mezclarse, está Mariela.
El que puede reírse de los otros y de sí mismo tiene la mitad de la batalla ganada contra lo desconocido.
Lo único cierto es que estoy vivo, y que la vida —cuando quiere— toca la puerta con suavidad, con sorpresa, con diferencia de edad, con humor, con misterio.
Y uno, si está despierto, abre.
Mis compromisos son claros:
recuperar masa muscular
ordenar la alimentación
volver al gimnasio
retomar el odontólogo
reconstruir mi energía para sostener lo que viene
Este acta queda asentada como recordatorio:
Lo que viene requiere un cuerpo fuerte, un hogar encendido, un vehículo en regla y una mirada limpia.
Y lo voy a cumplir.
(24 de mayo – Belgrano Campeón de Primera División)
Hoy tuve el mejor encuentro desde que estoy de filo. No porque haya pasado algo extraordinario, ni porque ella haya dicho algo que cambie el...