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sábado, 21 de febrero de 2026
El Encuentro con Alejandra en el Clermont
POST — El Encuentro con Alejandra en El Clermont
Hoy tuve uno de esos encuentros que parecen simples, pero que te ordenan el día entero.
Alejandra cayó a buscarme para ir a comer a La Ruleta de Pancho, pero antes quiso conocer la verdulería de la dueña experta que tengo a dos cuadras. Esa mujer que elige fruta como si fuera un arte.
Y ahí tenés a Alejandra, hermana del norte —Villa Allende Golf, territorio de millonarios y asquientos profesionales— fascinada con cada detalle del barrio.
La verdulería, las casas originales, la servidumbre de paso impecable, todo.
Como si descubriera un pequeño tesoro escondido en Alto Alberdi.
En La Ruleta comimos como corresponde:
milanesa con toque de escalopín,
tortilla de papas,
dos bebidas de medio,
flan con crema partido a la mitad.
Salimos utacos y pagamos 15.000 cada uno.
Comida real, vida real.
Volvimos caminando al Clermont y en dos cuadras Alejandra ya había identificado la arquitectura histórica del barrio.
Y ahí me tiró una prueba:
—“¿Querés que nos cambiemos al edificio nuevo?”
Mi respuesta fue automática, teatral y 100% García:
—“¡Niiii looooccoooo! A mí nadie me mueve nunca más de mi Clermonnnntttt. ¿Vos creés que voy a desarmar la tatami para bajarla por la escalera?”
Se rió, obvio.
Porque sabe que El Clermont es mi monasterio, mi eje, mi territorio consagrado.
Entramos y la dejé inspeccionar mi orden, sabiendo que venía con el dato de que Lucía me había ayudado anteayer con la limpieza profunda por la licencia de Érica.
Pero lo que ninguna termina de registrar es que ya aprendí a ordenar solo, con mis manos, con mi disciplina leandrezca.
Ese es mi logro silencioso.
Y ahí vino la escena del café.
Tenía preparados los Bonafide molido intenso para ellas, y un solo café Vélez para “alguien del pueblo”.
No va que Alejandra agarra el Vélez.
Primer rugido:
—“¡Esos son para el pueblo! Agarrá un Bonafide intenso, caramba.”
Retruca:
—“Y bueno… si tenés el Vélez primero, pensé que no había más.”
Hermoso.
Segunda pifiada:
Se endulza directo de la bolsa de azúcar.
Segundo rugido:
—“¡Pero si acá tenés tu azucarera!”
Y le muestro la de siempre, la que durante años estuvo vacía porque yo solo usaba chuker.
Ella, descolocada:
—“Y bueno… no me acordaba de esa azucarera.”
Sitcom familiar.
Después sacó cuatro bananas “como hostias” y una ensalada de frutas.
Y yo la senté frente a mis planillas.
Tenía que pedirle el permiso que necesito para avanzar con inversiones y, más adelante, la internación mecánica completa de la Taunus.
Al principio estaba más pajosa que la Lourfectia: un pajonal entero de las sierras grandes.
Pero al final se puso.
Y cuando vio mi capacidad de ahorro in crescendo, se le salieron los ojos.
Cuando escuchó mi propuesta al venezolano —arreglo total, presupuesto pactado, cuotas sin interés, actualización por IPC— quedó chocha.
Aunque, fiel a las hermanas Alippi, todavía no me cree del todo.
La desconfianza es institucional, no personal.
Hubo dos rugidos míos y un amague de portazo de ella.
Pero el encuentro terminó siendo un lograso.
Porque hoy Alejandra vio a un Leandro adulto, ordenado, lúcido, con proyecto y con humor.
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