Petrus
Salí a caminar por el Parque La Toma y volví distinto.
No sé si renovado, pero sí más alineado. A veces el cuerpo hace lo que la mente no logra: ordena sin pedir permiso.
Quizás por eso hoy puedo escribir algo que viene dando vueltas desde hace décadas, desde antes de que yo naciera incluso. Algo que pertenece a mi linaje y que recién ahora encuentro en su lugar justo.
Mi abuela paterna, Juana Pardo, directora de escuela, mujer de carácter y de estilo Charleston, estaba casada con mi abuelo Arturo Alippi, tenedor de libros de una empresa pública y pintor de oficio y de alma.
Juana tenía varios hermanos; uno de ellos, el mayor, se llamaba Pedro. Mi papá lo quería muchísimo. Vivían en una casa enorme en Pueblo San Vicente, justo en la rotonda de la plaza del viejo Mercado, hoy CPC.
Cuando nací, mi papá —con ese estilo patriarcal paternalista de su época— decidió que me iba a llamar Pedro Leandro, en homenaje a su tío querido y también a su gran referente, Leandro N. Alem, a quien admiraba profundamente, junto con su sobrino, Hipólito Yrigoyen.
Algo pasó en el camino.
Se arrepintió de Pedro, dejó Leandro como primer nombre y quiso ponerme Leandro Hipólito.
Ahí intervino mi abuela materna, la murciana de Caravaca de la Cruz, Doña Cruz Giménez, que le pidió a mi mamá que lo convenciera de suavizar un poco el nombre. Propuso Leandro Xavier, como se escribe en España.
En el Registro Civil no permitieron Xavier, así que quedé Leandro Javier.
Pero ese Pedro quedó flotando en algún rincón de mi ser.
No como deuda, sino como pieza suelta.
El Hipólito no; el Pedro sí.
Era nombre familiar, de linaje paterno-materno.
Por otra parte, cabe destacar que mi mamá, también directora de escuela, pero rural, Georgina Irene García Gimenez, llamada por todos, la Coca y por sus nietos, la Coquita, me catequizo domésticamente conforme su propia catequesis inicial, o sea: Preconciliarmente. Uno de sus mayores legados en esta tradición antigua fue la de entronizar al Sagrado Corazón de Jesus en nuestra casa, lo que hice con el cura Párroco de la Catedral de Unquillo, la Iglesia de Lourdes, en el año 2017, cuando vivia allá solo en el monte, en ese hermoso rancho al que lo bauticé El Refugio y que lo llevé como solo sé hacerlo a la categoría de Domicilio Real de mi DNI de aquel momento (A las pruebas me remito). Esa tradición, por cierto, nos enseña a los fieles que la entronización referida es una vez en la vida y nos acompaña a todas las futuras casas a donde nos vamos mudando por lo que en este Clermont donde vivo hoy en día, sigue el Sagrado Corazon entronizado y hasta el fin de mis días.
Volviendo al eje: Pasaron los años y un día mi sobrino Octavio Muiño, hijo de Lucía y Gustavo, junto con Victoria Giraudo, tuvieron a su primogénito. Lo llamaron Pedro.
Y algo en mí zapateó de alegría.
No por nostalgia, sino porque ese nombre volvía a aparecer en mi linaje, limpio, sin forzar nada.
Hace unas semanas, después de un mes entero de enclaustramiento ordenando mi obra vieja y reescribiendo la nueva, mis hermanas se preocuparon por mi salud y organizaron una salida a San Clemente del Tuyú, en la falda de las Sierras Grandes.
Alejandra me convenció de ir con ella.
La travesía fue un carnaval literal: embotellamiento, extravíos, rotondas nuevas, y yo en silencio a propósito hasta que me pidió ayuda.
La hice volver por el camino viejo de Falda del Carmen, doblar en el bar Qito, y tomar ese sinuoso y hermoso camino a Bosque Alegre.
Llegamos al fin, donde nos esperaba la familia Muiño Alippi.
Al rato llegó Octavio con los suyos.
Entre bromas y conversaciones serias, surgió el nombre de su hijo.
Y ahí se abrió algo.
Recordé que mi hermano Baltasar, cuando recibió la confirmación en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, eligió libremente su tercer nombre: (Vicente).
Siguiendo ese gesto, me puse de pie ante Octavio —que estaba sentado como todo un pashá, un señor poderoso en miniatura doméstica— y le pedí solemnemente que me convidara el nombre de su primogénito.
La negociación sagrada siguió por chat.
Con humor, con silencios, con esa mezcla nuestra de linaje y pavada.
Hasta que él me dijo:
“Vos podés llamarte como quieras.”
Y yo entendí.
No se trataba de apropiarme de un nombre civil.
Se trataba de completar una identidad.
Petrus.
Piedra.
Conservación.
Sabiduría de la existencia.
La pieza que faltaba en mi carta natal, justo donde Saturno en Tauro Tauro la estaba esperando.
Hoy lo tomo.
No como nombre nuevo, sino como completitud.
Como gesto de linaje.
Como reconocimiento a mi papá, a mi abuela Juana, a mi abuelo Arturo, al tío Pedro, y a este nuevo Pedro que llegó para continuar la línea sin que nadie lo planificara.
Y también como gesto hacia mí mismo, hacia ese niño que casi se llamó Pedro y que ahora, tantos años después, recibe la piedra sin peso, sin mandato, sin iglesia que construir.
Solo piedra.
Solo linaje.
Solo identidad.
Petrus.
Y con esto, renombro también este espacio.
Porque un blog, como un nombre, es un acto de origen.
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