El día en que entendí que mi energía vuelve a mí
Hoy, en este segundo día de mi vida definitiva, descubrí algo que no esperaba:
que mi energía vital —esa que durante décadas se me escapaba por los bordes del amor, del deseo, de la compulsión afectiva— está regresando a casa.
No fue un acto heroico.
No fue una iluminación.
Fue un diálogo con un amigo.
Un simple intercambio de WhatsApp que, sin proponérselo, funcionó como un rito de pasaje masculino.
Mientras hablábamos, me escuché decir cosas que nunca había dicho con tanta claridad.
Me escuché revisar mi historia, mis once compañeras, mis entregas totales, mis excesos de donación.
Me escuché nombrar lo que siempre supe: soy muy donado.
Y por primera vez no lo dije como defecto, ni como lamento, ni como bandera de guerra.
Lo dije como quien reconoce su naturaleza.
Porque mi problema nunca fue el amor.
Fue la compulsión.
Fue la incapacidad de amar sin entregarme entero: cuerpo, mente, alma y patrimonio.
Fue la tendencia a perderme en la otra persona como si mi identidad dependiera de su mirada.
Hoy entendí que esa etapa terminó.
No porque haya renunciado al sexo.
No porque me haya vuelto asceta.
No porque me haya endurecido.
Sino porque descubrí algo más profundo:
mi energía vital ya no está disponible para ser drenada.
Hoy puedo estar con amigas sin querer convertirlas en destino.
Puedo degustarlas como vinos nobles sin emborracharme.
Puedo disfrutar de la belleza femenina sin caer en la trampa del Don Juan que fui.
Puedo elegir la sobriedad afectiva sin sentir que pierdo algo.
Y puedo, por primera vez en muchos años, decir que estoy libre.
Libre para crear.
Libre para pensar.
Libre para caminar sin compulsión.
Libre para no necesitar nada de nadie.
Libre para que mi energía vuelva a mí.
Este es mi retiro.
No un retiro del mundo, sino un retiro hacia mí mismo.
Una reclusión interior que no es encierro, sino soberanía.
Un celibato operativo, no moralista.
Una forma adulta de custodiar mi donación para cuando llegue —si llega— la mujer correcta.
Hoy, en este segundo día de mi vida definitiva, entendí que no estoy apagando mi fuego.
Estoy aprendiendo a dirigirlo.
Arquetipo de esta etapa
Esta etapa corresponde al ARQUETIPO DEL TEMPLARIO INTERIOR.
No el monje.
No el caballero cortesano.
No el dragón desbordado.
No la serpiente enroscada.
El Templario:
el hombre que recupera su energía, que se disciplina sin perder su fuego, que se retira sin huir, que se fortalece sin endurecerse, que se guarda para lo que vale la pena.
Ese soy yo hoy.
Y este es mi post de hoy.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario