sábado, 9 de mayo de 2026

En la previa de Talleres y Belgrano


Hoy tuve un día lleno de gestos simples pero importantes.

Arrancó con un regalo de Lucía: me dio $10.000 para que desayunara bien. Con esa plata volví a La Casona, el bar de la vuelta, y me pedí un desayuno fresco: tres tostadas de pan lactal, tres fetas de queso, tres de jamón cocido, un vaso grande de soda y un cortado doble que se sirve en taza grande. Todo por $6.800. Fue un desayuno rico, ordenado y suficiente.

A la noche volví a hacer compras después de mucho tiempo de caer en comida chatarra. Compré papas, batatas, lechuga, tomates, huevos, lentejas, fideos, crema y, como siempre, la vedette de mi dieta: el queso fresco. Sentí que estaba volviendo a comer de verdad, sin exageraciones ni solemnidades.

Más tarde regresé a La Casona y merendé una porción de budín de pan con otro cortado doble. Mientras comía, vi todo el folclore de la previa de Belgrano y Talleres: motos policiales escoltando con acompañantes armados escoltando el omnibus de los jugadores, hinchas por todos lados, choris, kioscos llenos, Balbo de litro y medio, Prity, vaso de plástico de litro, hielo y Alto Alberdi convertido en un ritual callejero. Lo observé como siempre: sin juicio, como fenómeno social.

Después entré a la carnicería, donde me estoy haciendo amigo del carnicero. Él me había dicho que un bife de cuadril de 100 gramos costaba $2.300, pero terminó cortándome uno de 200 gramos que salió $5.100. Hice la cuenta al instante: por la mitad de ese precio, compro 200 gr. de queso fresco y tengo dos comidas en sándwiches.
La conclusión fue obvia: sigo con mi dieta ovolactovegetariana, que me conviene más y me ordena mejor.

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