domingo, 22 de marzo de 2026

El Hombre Valor

Desde hoy, 22 de marzo del 2026 Inauguro esta serie pictórica cibernética O.R.O. Leandro Alippi (Orden, Ritual, Obra) Dejándolo al abuelo Arturo y su estilo realista de principios del S. XX tranquilito entre nuestros Ancestros y sus aportes, y le hago un guiño a la Peregrina del Camino de Santiago, Luz Fabregas, como así también a su madre, mi hermana, Alejandra, fundadoras ellas, junto a su otra hija Juana, de su hermosa empresa de Arquitectura, Arte y Diseño: Dinastía.

Un hombre valor es, ante todo, un hombre entero. Y un hombre entero es un hombre: autónomo. Esto implica todos estos otros conceptos con la misma raíz: autoválido, autosuficiente y —como me gusta decirlo— automovilizado, porque se mueve por sus propios medios, en todos los planos de la vida. Respecto de la autonomía, suele haber casos en que a la misma se la logra con la ayuda de algún empleado o empleada, como es en mi caso, con Erica Alaniz, que es la trabajadora de casa de familia que me brinda una ayuda notable para lograr aquello de mi autonomía. Ella me realiza tanto las tareas generales de orden y limpieza, como las de cuidadora y asistente. Un Hombre valor es un hombre libre. No es “soberano”, porque en democracia el único soberano es el Pueblo, y en las monarquías lo son los reyes. Pero metafóricamente se entiende: hablamos de alguien que no pide permiso para vivir. Un hombre valor sabe que su libertad no es absoluta, sino que como lo decía Osho, es cuanto mucho un ser "interdependiente", y esto es muy simple y ya lo dijo Aristóteles: El hombre es un animal político, el hombre es un ser gregario, no puede desarrollarse bien un totalmente solitario, estos son carenciados de afecto y personas con problemas. Volviendo a la autonomía, siempre recuerdo una frase de un empleado del emprendimiento y Fundación Discapach, que decía:

Solo no puedo, pero con ayuda..., puedo un montón.

El hombre valor no rinde cuentas de sus actos ni de sus decisiones. No por rebeldía, sino porque llega un punto en su vida en que la prioridad cambia: por primera vez, se elige a sí mismo.

No es raro que un hombre este esté solo (Si es que tenemos en cuenta lo dicho sobre la interdependencia). No por falta de amores, sino por abundancia de ellos. Ya los tuvo, ya los vivió, ya los honró. Y ahora elige la soledad como compañera porque aprendió a habitarla sin miedo. La soledad, para él, no es un vacío: es un territorio fértil lleno de pasiones, intereses, obsesiones nobles, pequeñas artes y grandes contemplaciones. Son otras formas del amor y por supuesto los afectos de todo tipo que lo visitan, con los que se junta y con los que él visita para compartirse con todos y con cada uno.

Un hombre valor puede estar atravesando un duelo —por muerte o por separación—, pero no se lo verá ahogando penas ni evadiéndose en vicios histéricos. Su dolor es adulto, sobrio, procesado en silencio. Tal vez, a las dos de la mañana, salga a comprar un paquete de galletas y una gaseosa. Nada más. Ese es su modo de sostenerse: gestos mínimos, sin autodestrucción.

El hombre valor tiene un viaje por delante.
No un viaje turístico ni una fuga emocional, sino un viaje interno, porque ha aprendido que en sus emociones radica su mayor inteligencia, por encima de cualquier coeficiente racional. Ese viaje tiene varias facetas.

La vida le tiene preparada una mujer entera, como él. No para construir familias nuevas ni proyectos estresantes, sino para compartirse sin dramas, sin exigencias, sin contratos implícitos. Dos personas suficientes que saben que la riqueza no está en los destinos exóticos ni en los viajes interminables, sino en la calidad de vida y en la profundidad de las experiencias simples.

La mejor aventura no siempre es un aeropuerto: a veces es reírse de buena gana en un ómnibus urbano que parece un viejo zamba de parque de diversiones. O sacar de una mochila urbana un mate, una viandita rica y un termo, y almorzar en un banco de plaza. O mirar, con humor adulto, los rituales de la juventud en esos bebederos que parecen destilerías para la desinhibición.

El viaje del hombre —y ojalá también de la mujer entera— puede ser en un auto clásico bien restaurado, confiable, que los lleve por un par de pueblos. Pernoctar en un hotelito o en una carpa dentro de un camping. Y volver pronto a sus ocupaciones. Porque para ellos, una muestra basta: no necesitan más para sentir que han vivido.

Y lo mejor de lo mejor ocurre cuando acuerdan compartir su intimidad.
Ahí cada uno aporta sus años de experiencia, su maestría, su templanza. Y llegan, sin misticismos innecesarios, a ese estado que algunas tradiciones llaman samadhi: la unión plena, lúcida, adulta, donde el cuerpo y la conciencia se encuentran sin esfuerzo.

Ese es el viaje del hombre valor.
Un viaje sin estridencias, sin demostraciones, sin épica.
Un viaje de suficiencia, de presencia, de libertad adulta.

Nota editorial — Abril 2026 Este texto dialoga con mi entrada más reciente, “23 de abril — El hombre que marcha solo”, donde desarrollo la etapa actual de mi vida: el cierre del duelo, la integración del eneatipo 7 en 5, la aceptación de mi abundancia afectiva y la entrada plena en el noveno septenio. Ambos textos se complementan: este define la figura del Hombre Valor; el nuevo post describe el momento en que esa figura se vuelve biografía. El hombre que marcha solo (clic acá) Respecto al amor por la autonomía aún cuando se la pierde, podes ingresar al siguiente link y leer sobre lo previsional y la seguridad social para un eventual futuro. Instructivo para la Comunidad Alippi García en caso de pérdida de Autonomía o Automovilidad y demás. (Clic Acá)






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