Un hombre valor es, antes que nada, un hombre entero.
Y un hombre entero es un hombre autónomo: autoválido, autosuficiente y capaz de moverse por sus propios medios en todos los planos de la vida.
Esa autonomía no significa aislamiento. A veces se sostiene con la ayuda de otras personas que facilitan la vida cotidiana, como ocurre con quienes colaboran en las tareas del hogar o en el cuidado personal. La autonomía también puede ser acompañada.
Un hombre valor es libre.
No porque sea “soberano”, sino porque no pide permiso para vivir.
Su libertad no es absoluta: entiende, como ya lo sabían Aristóteles y Osho, que la vida humana es interdependiente. Nadie se desarrolla del todo en soledad absoluta.
También sabe que hay momentos en los que uno necesita apoyo. Como decía aquel trabajador de Discapach: “Solo no puedo, pero con ayuda puedo un montón.”
Con el tiempo, el hombre valor deja de rendir cuentas.
No por rebeldía, sino porque llega un punto en que se elige a sí mismo.
Puede estar solo, sí.
Pero no por falta de amores: por abundancia.
Ya vivió, ya honró, ya entregó. Y ahora elige una soledad habitada, fértil, llena de intereses, pasiones, pequeñas artes y contemplaciones. Una soledad que no es vacío, sino territorio propio.
Los afectos siguen ahí: los que lo visitan, los que él visita, los que comparte.
La soledad no lo encierra: lo ordena.
Si atraviesa un duelo —por muerte o por separación—, lo hace sin estridencias.
Su dolor es adulto, sobrio, silencioso.
Tal vez a las dos de la mañana salga a comprar unas galletas y una gaseosa. Nada más. Ese es su modo de sostenerse: gestos mínimos, sin autodestrucción.
El hombre valor tiene un viaje interno por delante.
No una fuga, no un turismo emocional: un viaje hacia su propia inteligencia emocional, que ya reconoce como su mayor recurso.
En ese camino, la vida puede ponerle enfrente a una mujer entera.
No para construir familias nuevas ni proyectos agotadores, sino para compartirse sin dramas, sin exigencias, sin contratos invisibles.
Dos personas suficientes que saben que la riqueza está en la calidad de vida y en la profundidad de lo simple.
La mejor aventura no siempre es un aeropuerto.
A veces es reírse en un ómnibus urbano que parece un viejo zamba.
O almorzar en un banco de plaza con un mate y una viandita.
O mirar con humor adulto los rituales de la juventud en esos bebederos que parecen destilerías.
El viaje puede ser en un auto clásico, o en un bus, o caminando.
Pernoctar en un hotelito o en una carpa.
Y volver pronto a las ocupaciones.
Porque para ellos, una muestra basta.
Lo mejor ocurre cuando acuerdan compartir su intimidad.
Ahí cada uno aporta su maestría, su templanza, sus años.
Y llegan a ese estado lúcido y adulto donde cuerpo y conciencia se encuentran sin esfuerzo.
Sin misticismos: solo presencia.
Ese es el viaje del hombre valor.
Un viaje sin épica, sin demostraciones, sin ruido.
Un viaje de suficiencia, de libertad adulta y de presencia verdadera.
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