Hay duelos que no se anuncian: se instalan.
Uno cree que cerró un ciclo con claridad, que la decisión fue adulta, que el orden interno alcanzaba. Y, sin embargo, días después, aparece un ruido sordo, persistente, que perfora la compostura. No es nostalgia. No es arrepentimiento. Es el cuerpo reclamando una presencia que ya no está.
En estos días descubrí algo incómodo: incluso un hombre entrenado en el orden, la sobriedad y la autonomía puede quebrarse. No por debilidad, sino por humanidad. El llanto no invalida la decisión tomada; sólo confirma que hubo afecto real.
Lo difícil no es la ausencia de la otra persona.
Lo difícil es el vacío que deja la rutina compartida. Ese hueco se siente como una caída. Y en la caída, la mente fabrica atajos: “volver”, “reabrir”, “reintentar”. Pero esos atajos no conducen a la paz; conducen al mismo laberinto del que uno salió con esfuerzo.
El duelo, cuando se vuelve ruido, exige una sola cosa: sostén.
No heroísmo. No épica. No decisiones impulsivas.
Sostén humano, cotidiano, simple.
Hoy escribo esto para recordármelo:
la dignidad no se pierde por llorar,
la adultez no se suspende por extrañar,
y el valor no desaparece porque duela.
El duelo es parte del camino.
Y el camino sigue.

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