Hay gestos que parecen menores, pero en realidad son ajustes finos del linaje.
Hoy me pasó con las uñas.
Vengo trabajando el negro como signo: un detalle mínimo, casi un acento, que no busca llamar la atención, pero sí marcar territorio interno. Un pequeño pacto conmigo mismo. Pero también existe la familia de origen, ese ecosistema donde ciertos códigos siguen vigentes y donde las uñas largas en un varón todavía funcionan como un ruido cultural.
Entonces hice lo que corresponde cuando uno habita varios mundos a la vez:
me las corté. Las dejé prolijas, limpias, discretas. No por obediencia, sino por lectura. Hay escenarios donde conviene entrar con los símbolos atenuados, no para agradar sino para no gastar energía en batallas que no son necesarias.
Pero el negro no se va.
El negro queda reservado para otros ambientes, otras escenas, otros círculos donde mi gesto respira sin fricción. Ahí sí: uñas negras, cortas, firmes, como una nota de identidad que aparece cuando corresponde.
No es concesión.
Es coreografía.
Es saber moverse entre mundos sin perderse.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario