Hoy me desperté a las 10 de la mañana, con esa dormidera sin tristadera que ya reconozco como parte de mi fisiología cuando me acuesto tarde.
No fue un síntoma, no fue un retroceso: fue simplemente que anoche me dormí a las 2:15.
Pero lo importante no fue la hora.
Lo importante fue lo que pasó después.
Me levanté, me observé, y me di cuenta de que la tristeza ya no estaba.
La dormidera sí, pero sin ese peso que me venía acompañando desde febrero.
Y ahí hice lo que sé que me ordena: ducha fría.
En cuanto el agua me tocó la piel, la modorra se fue como si alguien hubiera abierto una ventana interna.
Quedé despierto, lúcido, en eje.
Y con esa claridad me puse a revisar mis últimos movimientos:
los perfumes, las uñas negras, el Dragón Alippi, los símbolos, la energía que volvió.
Y pude ver algo que ayer no veía tan nítido:
no estoy entrando en euforia.
Estoy entrando en vida.
La diferencia es enorme.
La euforia no consulta, no frena, no pide supervisión, no se observa.
Yo sí.
Hoy le escribí a Daniel con una honestidad quirúrgica, mostrándole mis impulsos, mis frenos, mis decisiones.
Y le escribí a Ely con la misma claridad:
explicando mi alerta, cancelando compras que no necesito, cuidando mi economía y mi proceso.
Ella me puso un límite sano —su estilo directo, práctico—
y yo respondí desde un lugar adulto, regulado, sin ansiedad.
Eso, para mí, es señal de que mi eje volvió.
Hoy entendí algo que marca este Día 3:
la energía que volvió no es peligrosa.
Es mía.
Y puedo manejarla.
No necesito apagarla.
Solo necesito conducirla.
Y eso estoy haciendo.
En un rato me preparo para salir con Lucía y Alejandra a comer a La Ruleta de Pancho.
Voy a ir como estoy hoy:
despierto, tranquilo, dueño de mí, sin exageraciones, sin símbolos innecesarios, sin máscaras.
Solo yo.
Lean.
En mi vida definitiva.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario