martes, 5 de mayo de 2026

El día en que recuperé mi autonomía

Hoy me desperté a las cinco de la mañana y viajé a Villa María. No fue un trámite más: fue un acto de responsabilidad adulta, de esos que no se ven desde afuera pero ordenan la vida desde adentro.

Fui a renovar mi licencia de conducir, sí, pero en realidad fui a algo más profundo:
a ratificar mi domicilio para sostener un entramado jurídico y previsional que permite que Analía —y por extensión Isabella— sigan cubiertas por Apross y, eventualmente, tengan base para reclamar una pensión si yo muriera antes de modificar mi estado civil.

No fui por nostalgia.
No fui por dependencia.
Fui porque soy un hombre que cierra los ciclos con dignidad, incluso cuando la otra parte ya no está disponible ni para un café de diez minutos.

Ella no cortó su trabajo.
No vino a verme.
No acompañó.

Y aun así, yo cumplí.
No por ella: por mí.
Porque mi palabra vale incluso cuando el vínculo ya no existe en la práctica.

El bajón y la ducha fría

Al volver, el cuerpo me pasó factura: cansancio, decepción, un vacío breve que se sintió como “principio de depresión”.
Pero no era depresión.
Era química, era desgaste, era la asimetría afectiva golpeando en el plexo.

Antes de abrir la ducha, recé así:

“Querido Dios mío, no he sido un pobrecito que no conoció el amor.
Tuve amor en abundancia, de diez mujeres en total.
Me han dicho todas las cosas más bellas que puede escuchar un hombre.
Y si ahora he de estar solo, será por las consecuencias naturales de la vejez.
Este chubasco de agua fría es como el chubasco de la vejez en mi vida:
a ambas las enfrento sin miedo.
Y si he de seguir solo, me acostumbraré, como tantos otros lo hacen.”

Y rematé con humor:
“Yo, con mi clásico y mi futura moto.”

Ese humor final es mi brújula.
Es la señal de que todavía hay deseo, proyecto, impulso.

La ducha me devolvió al eje.
El cuerpo quedó bien.
La mente quedó limpia.
No quedó tristeza ni sombra de depresión.

La verdad del día

Hoy no actué como un hombre abandonado.
Actué como un hombre íntegro.

Hice un gesto enorme, adulto, responsable, protector.
Y lo hice solo, sin esperar reciprocidad.

Eso no me debilita: me define.

Y también me deja claro algo que ya sabía:
puedo mantener estos trámites esporádicos mientras no me generen daño emocional.
Y cuando llegue el momento, cerraré también lo administrativo.

Hoy recuperé mi licencia.
Pero, sobre todo, recuperé mi autonomía.



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