lunes, 29 de junio de 2026

Monólogo con Baltasar


Hoy necesité hablar con Baltasar. No porque él tuviera algo urgente para decirme, sino porque yo tenía que ordenar mi espíritu después de lo que pasó con Daniela. Y como tantas veces, él respondió con monosílabos, con silencios, con ese modo suyo de escuchar sin intervenir demasiado. Pero a veces, eso es lo que uno necesita: un testigo, no un protagonista.

Le conté que me hizo bien estar con Daniela este viernes y sábado. Que no hubo intimidad, que sigo célibe por decisión propia, hasta que aparezca una mujer que realmente me llene. Le dije que estuve meditando mucho. Y que Daniela, con toda su pobreza material, con su casa donde viven cuatro generaciones bajo un mismo techo, con su instrucción admirable y su padre sabio, me había dejado pensando.

Baltasar escuchó.
Yo seguí.

Le hablé de las clases sociales, de lo que tantas veces conversamos: que él pertenece a la clase alta por sangre y por historia; que yo, aunque con menor estatus económico, pertenezco a una aristocracia cultural por formación y por el círculo en el que me he movido toda mi vida. Que soy clase media en lo económico, pero no en lo simbólico. Y que en ese cruce aparece Daniela como figura interesante: pobre en lo material, rica en lo espiritual, cultivada por un padre que supo entregar libros en vez de dogmas.

Le conté que ella es primogénita, que su padre les dio la Biblia a sus tres hijas y las dejó buscar su propio camino. Que su madre es protestante, que su padre es católico, y que ella quedó en ese territorio intermedio donde la fe no es una institución sino una búsqueda. Le dije que averigüé lo esencial: que es soltera, que no tiene ataduras religiosas que impidan una evangelización católica si así lo quisiera. Baltasar respondió con un “uy”. Y yo seguí.

Le mostré fotos.
Le conté cómo se halló en el vestuario que le regalé.
Cómo se autoencantó.
Cómo la vi más linda que nunca.
Cómo ese jean azul oscuro y esa chaqueta económica que ella misma me ayudó a encontrar nos dieron una estética compartida sin perder la individualidad.
Cómo me reí solo.
Cómo esta mujer está levantando puntaje en mi ser.

Baltasar volvió a escuchar.
Y yo seguí.

Porque este monólogo no era para él: era para mí.
Era para ordenar lo que siento, lo que pienso, lo que observo.
Era para integrar el perdón que le di a Daniela sin que ella replicara ni se disculpara.
Era para reconocer que en nuestras charlas espirituales, ella hace cosas que yo comprendo, aunque a veces me duelan.
Era para entender que mi vínculo con los vulnerables no es casual: es parte de mi camino mercedario, de mi forma de moverme entre mundos distintos.

Este monólogo con Baltasar es, en realidad, una bitácora espiritual.
Un registro de cómo se cruzan en mí la clase, la fe, la estética, la pobreza, la cultura y el deseo.
Un capítulo más de este tránsito que estoy viviendo, donde cada encuentro —con Daniela, con Baltasar, conmigo mismo— deja una marca.

Y hoy, necesitaba escribirlo.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Monólogo con Baltasar

Hoy necesité hablar con Baltasar. No porque él tuviera algo urgente para decirme, sino porque yo tenía que ordenar mi espíritu después de l...