Hoy necesité hablar con Baltasar. No porque él tuviera algo urgente para decirme, sino porque yo tenía que ordenar mi espíritu después de lo que pasó con Daniela. Y como tantas veces, él respondió con monosílabos, con silencios, con ese modo suyo de escuchar sin intervenir demasiado. Pero a veces, eso es lo que uno necesita: un testigo, no un protagonista.
Le conté que me hizo bien estar con Daniela este viernes y sábado. Que no hubo intimidad, que sigo célibe por decisión propia, hasta que aparezca una mujer que realmente me llene. Le dije que estuve meditando mucho. Y que Daniela, con toda su pobreza material, con su casa donde viven cuatro generaciones bajo un mismo techo, con su instrucción admirable y su padre sabio, me había dejado pensando.
Le hablé de las clases sociales, de lo que tantas veces conversamos: que él pertenece a la clase alta por sangre y por historia; que yo, aunque con menor estatus económico, pertenezco a una aristocracia cultural por formación y por el círculo en el que me he movido toda mi vida. Que soy clase media en lo económico, pero no en lo simbólico. Y que en ese cruce aparece Daniela como figura interesante: pobre en lo material, rica en lo espiritual, cultivada por un padre que supo entregar libros en vez de dogmas.
Le conté que ella es primogénita, que su padre les dio la Biblia a sus tres hijas y las dejó buscar su propio camino. Que su madre es protestante, que su padre es católico, y que ella quedó en ese territorio intermedio donde la fe no es una institución sino una búsqueda. Le dije que averigüé lo esencial: que es soltera, que no tiene ataduras religiosas que impidan una evangelización católica si así lo quisiera. Baltasar respondió con un “uy”. Y yo seguí.
Y hoy, necesitaba escribirlo.

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