Hay días en los que la vida se ordena sin pedir permiso.
Días en los que uno no busca nada, no espera nada, y sin embargo algo se acomoda adentro, como si el mundo dijera: “así es como tiene que ser”.
El día que compartí con Daniela fue uno de esos.
Daniela es eso: mi ala izquierda.
La parte de la vida que se mueve en penumbra, que siente fuerte, que vibra en lo urbano, lo nocturno, lo intenso.
La sombra que no asusta porque no pide nada.
El ala derecha
Y en el otro extremo, sin competir, sin mezclarse, está Mariela.
La profesora de yoga que me dijo que iba a meditar para agradecerme.
La mujer que aceptó recién ahora después de buen tiempo que hace que se lo ofrecí un regalo que necesitaba, no por vanidad sino por gusto y por falta de prioridades para quedarse con ese conjunto que ella misma vende en su local de ropa femenina.
Mariela fue la que eligió un jean azul pero siempre desde la naturalidad.
La que viste paño claro, casi blanco, como si su estética fuera una respiración.
Mariela es mi ala derecha.
La luz, la calma, la gratitud limpia.
La energía que eleva, que ordena, que no invade.
El 30 de junio retiraré el dinero para regalarle su ropa.
No es compra de afecto.
Es reconocimiento.
Es darle forma a su lugar en mi constelación.
El eje
Y en el centro estoy yo.
No entre dos mujeres: entre dos fuerzas.
A la izquierda, Daniela: la sombra que acompaña.
A la derecha, Mariela: la luz que sostiene.
Y yo, con mi bastón dragón, soy el eje que no se inclina hacia ninguna, pero se deja atravesar por ambas.
No busco pareja.
Busco equilibrio.
Y estas dos presencias —tan distintas, tan necesarias— me devuelven partes de mí mismo que estaban esperando ser nombradas.

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