domingo, 28 de junio de 2026

Dueto de cuero y silencio


Daniela vino hasta mi casa en bus, como quien llega a un lugar donde sabe que la van a recibir sin juicio ni exigencias.

La esperé con la tranquilidad de quien ya resolvió lo esencial: no somos pareja, no estamos construyendo nada romántico, pero sí podemos compartir un tramo del camino con respeto y presencia.

La llevé hasta mi médico, me acompañó en lo que necesitaba, y después fuimos al Outlet Alvear a elegirle ropa.
No hubo tensión, ni segundas intenciones, ni ese ruido interno que tantas veces enturbia lo simple.
Fue un gesto limpio, un acto de bien que quise hacer porque sí, porque a veces ayudar ordena más que cualquier reflexión.

Volvimos a casa, pedimos 2 lomitos completos con papas, y comimos como dos personas que se conocen desde hace tiempo y pueden estar en silencio sin incomodarse.
Más tarde fuimos a María’s, en Alto Alberdi, a cerrar el día con un café, una charla tranquila y muy amena, en donde hablamos principalmente de nuestras sombras, cosa de lo que la mayoría de las personas no se animan a hablar con la libertad y aceptación que lo hablamos nosotros.
No esperé nada de eso, y eso fue lo que lo volvió tan liviano.

Daniela tiene su sensibilidad, su manera intensa de sentir el mundo, y yo la respeto.
Hoy pude acompañarla sin invadirla, sin proyectar, sin pedirle nada.
A veces la vida se ordena así: haciendo un bien concreto, sin ruido, sin deuda, sin promesas.
Y ayer fue uno de esos días.

La estética compartida

Cuando a la noche nos vestimos para salir, ella se reencontró con su propia imagen.
Le gustó que yo saliera con mis uñas pintadas y mi bastón —el dragón plateado que me acompaña desde hace años—, sin que nadie se lo sugiriera siquiera ella se pintó el hocico de negro y le quedó fantástico (literal).
Nos miramos en el espejo del ascensor y entendimos que el dueto estaba completo:
yo con mi chaqueta de cuero y todo lo demás también negro, ella con su campera engomada y como para tener su individualidad; un jean azul y zapatillas.
Dos presencias distintas, pero dentro del mismo clima.
Negro, ciudad, noche, decisión.

La foto que tomamos ahí no fue una selfie casual: fue un registro de equilibrio.
El bastón, apenas más visible, marcó el eje.
El reflejo múltiple del ascensor nos devolvió como dos figuras que se acompañan sin confundirse.
Unidad estética sin fusión emocional.
Compañía sin deuda.

El cierre

Volvimos del bar cerca de las tres, nos dormimos a las cinco luego de una tertulia estimulante que había comenzado en el bar y continuó en El Clermont, nos levantamos al mediodía del 27.
Desayunamos en La Casona: juguitos de naranja, 3 tostadas de pan lactal cada uno, con jamón y queso, café negro ella, cortado doble yo.
El día siguió con esa calma que queda cuando todo está en su lugar.

No hubo promesas, ni planes, ni futuro.
Solo un tramo compartido, limpio, adulto, sin ruido.
Y eso —en este tiempo— vale más que cualquier historia.



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