miércoles, 8 de julio de 2026

Crónica de una madrugada sin sueño y sin un mango


Es tardísimo y no tengo nada de sueño. Me lo gané solo: me clavé un termo entero de café como si fuera una decisión estratégica y no un suicidio del descanso. Ahora estoy despierto, hiperalerta, aburrido y con ese antojo nocturno de comprar algo rico y una coca… pero sin un puto centavo.

La culpa de la pobreza express de hoy tiene nombre: Ely. Me escribió para recordarme que le debía una cuota de un perfume. Se me había pasado por completo. Me pidió que le pagara lo que pudiera. Yo tenía apenas trece mil pesos destinados a sobrevivir lo que queda de la semana. Se los transferí sin dudar, como quien paga una penitencia más que una deuda.

Resultado: mi heladera quedó convertida en un páramo. Dos papas. Dos cebollas. Un paquete de spaguetti. Una lata de tomate. Media bolsa de lentejas hervidas para mañana. Medio paquete de polenta para improvisar una salsa pobre pero digna. Es el inventario de mi supervivencia atroz.

Encima, mañana me quedo sin yerba. El mate está en cuenta regresiva. Tendré que recurrir al fiado de alguno de los kioscos que me conocen y me prestan, porque los dos de 24 horas no me fían ni medio. Así que esta madrugada es una mezcla de vigilia, hambre y contabilidad emocional.

Pero en medio de la nada apareció un milagro mínimo: unas tutucas que le había comprado a Daniela y olvidé en un cajón. Las encontré recién. Les estoy entrando como si fueran un banquete.

Cigarrillos tengo de sobra —los compro por encomienda mensual— así que al menos el vicio está asegurado. La coca no. La comida tampoco. El sueño menos.

Pero hay tutucas.
Y hay esta lucidez rara que aparece cuando uno se rinde a la noche y decide simplemente estar despierto, aunque no haya nada más que hacer que esperar que amanezca.



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