Muchos creen que mi elección estética responde al mundo dark. Y es cierto que visto casi siempre de negro, que me atraen ciertos climas sobrios y que no suelo simpatizar con lo estridente.
Sin embargo, el origen más profundo de mis colores no está ahí.
El blanco y el negro que elegí para mis muebles, mis objetos personales y parte de mi entorno nacen de otra afinidad: la que siento por la espiritualidad trapense. Me atraen la austeridad, el silencio, la simplicidad y la idea de que las cosas hablen poco para decir mucho.
Por eso mi universo cotidiano termina siendo blanco y negro. No como una declaración de oscuridad, sino como una búsqueda de sobriedad.
Quizás, visto desde afuera, todo parezca dark. Pero para mí se parece más a una celda monástica que a una estética rebelde.
La fachada puede ser oscura.
La inspiración, en cambio, viene del silencio.
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