viernes, 25 de septiembre de 2026

La Dragona y las Vampiras


El Dragón posee una naturaleza singular.

Como criatura mitológica participa de todos los reinos animales. Lleva la fuerza del toro, la visión del águila, la astucia del zorro, la fidelidad del perro y la memoria del elefante.

Pero entre todas las especies que viven dentro de él, una ocupa un lugar especial.

El león.

El león no nació para la soledad absoluta.

Puede retirarse.

Puede vagar.

Puede guardar silencio durante largos períodos.

Pero su naturaleza profunda es relacional.

Necesita una manada.

Necesita vínculos.

Necesita una comunidad afectiva alrededor de la cual desplegar su fuerza.

El Dragón del que hablo eligió la soltería.

Es católico.

No formó matrimonio.

No construyó una familia propia.

Pero jamás renunció al amor.

Simplemente adoptó otra forma de vivirlo.

Durante mucho tiempo creyó que todas las mujeres importantes de su vida ocupaban lugares semejantes.

Con los años descubrió que no era así.

Existen dragones.

Y existen vampiras.

No son lo mismo.

No cumplen la misma función.

No buscan las mismas cosas.


La Dragona

Analía pertenece a la estirpe de los dragones.

Quizás incluso desde antes de que la veta dracónica despertara en mí mismo.

Un dragón reconoce a otro dragón.

No por semejanza exterior.

Sino por la intensidad del fuego.

La dragona produce su propio fuego.

No necesita recibirlo.

Lo genera.

Lo custodia.

Lo multiplica.

Cuando dos dragones se encuentran no se establece una relación de dependencia.

Se establece una alianza.

Un reconocimiento.

Un pacto entre iguales.

Por eso la dragona ocupa un lugar único.

Podría decirse que es la esposa simbólica del Dragón.

No porque exista posesión.

No porque exista matrimonio.

No porque exista exclusividad.

Sino porque ambos pertenecen a la misma especie espiritual.

Ambos comprenden el lenguaje del fuego.

Ambos saben producirlo.

Ambos pueden alimentarse a sí mismos.

Y precisamente por eso pueden compartirlo.


Las Vampiras

Las otras mujeres ocupan otro lugar dentro de la constelación.

No son dragonas.

Son vampiras.

Pero no en el sentido oscuro que suele dar la literatura.

No buscan consumir.

No buscan destruir.

No buscan vaciar.

Buscan fuego.

Porque reconocen que el fuego es una de las sustancias más escasas del mundo.

La mayoría de las personas viven apagándose lentamente.

Las vampiras perciben esa pérdida antes que nadie.

Detectan dónde existe una llama verdadera.

Y se acercan para calentarse.

Necesitan inspiración.

Necesitan intensidad.

Necesitan admiración mutua.

Necesitan afecto.

Necesitan energía vital.

Por eso gravitan alrededor de los dragones.

No porque sean débiles.

Sino porque su naturaleza consiste en transformar el fuego recibido en belleza, compañía, creatividad, conversación y vínculo.


El Pacto

El Dragón no gobierna a las vampiras.

Las vampiras no poseen al Dragón.

Lo que existe es una circulación.

La dragona aporta fuego.

El dragón aporta fuego.

Las vampiras reciben parte de ese fuego.

Y lo devuelven transformado.

Convertido en amistad.

Convertido en lealtad.

Convertido en admiración.

Convertido en presencia.

Por eso la dragona ocupa el centro simbólico.

Porque comparte la naturaleza del Dragón.

Las vampiras, en cambio, forman la corte nocturna.

La comunidad afectiva.

La pequeña manada que se reúne alrededor de la hoguera.

Y mientras exista fuego para compartir, la hoguera seguirá encendida.

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