Durante muchos años creí que la compañía en la vida exigía necesariamente la existencia de una pareja.
La cultura, las costumbres y hasta el lenguaje cotidiano suelen empujarnos hacia esa idea. Pareciera que una persona está sola mientras no tenga pareja y acompañada en cuanto la consigue. Sin embargo, la experiencia me llevó lentamente a una conclusión diferente.
Después de haber transitado dos matrimonios y una unión convivencial larga, comprendí algo que durante mucho tiempo permaneció oculto detrás de los sentimientos, los hábitos y las expectativas sociales.
Lo que define a una pareja no es la intimidad.
La intimidad puede estar presente en muchos tipos de vínculos. Lo que distingue específicamente a una pareja es otra cosa: la existencia de un proyecto de vida en común.
No importa cuál sea el calificativo que se utilice. Matrimonio, convivencia, noviazgo, pareja estable o incluso formas contemporáneas más flexibles. Todas las parejas tienen algo esencialmente compartido. Dos personas deciden unir recursos, tiempo, energía y decisiones para construir una vida en común.
La pareja no es solamente un vínculo afectivo.
Es una pequeña sociedad existencial.
Hay decisiones que dejan de ser individuales para transformarse en decisiones conjuntas. Aparecen objetivos comunes, prioridades comunes, renuncias comunes y también riesgos comunes. La vida de uno se vuelve parcialmente inseparable de la vida del otro.
Por eso una pareja demanda inversión permanente.
No sólo emocional.
También económica, temporal, organizativa, familiar y habitacional.
En cambio, la amistad opera bajo una lógica diferente.
Los amigos pueden quererse profundamente, acompañarse durante décadas, sostenerse en los momentos difíciles y compartir una enorme intimidad emocional. Incluso pueden existir amistades que incluyan intimidad física.
Sin embargo, el núcleo sigue siendo otro.
Cada uno conserva la responsabilidad principal sobre su propio proyecto vital.
Los amigos se ayudan mutuamente, pero no gestionan una vida en común.
Comparten afecto.
No patrimonio existencial.
Comparten momentos.
No necesariamente destinos.
Esta diferencia, que parece pequeña, cambia completamente la manera de comprender ciertos vínculos.
Un amigo con derechos no es una versión incompleta de una pareja.
Tampoco una pareja de segunda categoría.
Es, antes que nada, un amigo.
La intimidad puede existir, pero no transforma automáticamente la amistad en una empresa conjunta de vida.
Cada uno sigue construyendo su propio camino.
Y precisamente por eso muchas de las obligaciones estructurales propias de la pareja desaparecen.
En mi caso, esta comprensión produjo una consecuencia inesperada.
Descubrí que ya no necesito una nueva pareja para sentirme acompañado en el tránsito de la vida.
Durante años había asumido que compañía y pareja eran prácticamente sinónimos. Hoy creo que son cosas diferentes.
Una persona puede estar rodeada de vínculos significativos sin necesidad de organizar su existencia alrededor de un nuevo proyecto de vida compartido.
Amigos.
Amigas.
Hermanos.
Sobrinos.
Compañeros de camino.
Otros afectos secundarios que, lejos de ser menores, terminan formando una verdadera red de sostén humano.
Quizás la edad también enseña algo sobre esto.
Hay etapas de la vida orientadas a construir proyectos comunes. Otras, en cambio, parecen invitar a consolidar proyectos propios.
No porque el afecto pierda valor.
Sino porque la autonomía deja de sentirse como una carencia y comienza a experimentarse como una conquista.
Tal vez la pregunta importante no sea si una persona tiene o no tiene pareja.
Tal vez la pregunta verdadera sea si dispone de una comunidad afectiva suficientemente rica como para atravesar la vida acompañado sin renunciar a la dirección de su propio proyecto.
Esa, al menos para mí, ha resultado ser una diferencia decisiva.
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