Hoy tuve el mejor encuentro desde que estoy de filo.
No porque haya pasado algo extraordinario, ni porque ella haya dicho algo que cambie el mapa, ni porque yo haya ido a buscar una señal.
Fue el mejor encuentro porque por fin coincidieron tres cosas: mi presencia, su ritmo, y mi intuición limpia.
Bajé al local sin expectativas.
No fui a seducir, ni a tantear, ni a leer nada.
Fui como soy yo: directo, templario, sin ansiedad.
Y ella estaba ahí, en su mundo taurino, ese mundo lento y silencioso que no se parece en nada a la velocidad geminiana que me rodea desde siempre.
La escena fue simple:
hablamos, nos miramos, compartimos un momento sin ruido.
Le mostré un videíto corto de la plantita, algo mínimo, casi doméstico, casi íntimo sin querer serlo.
Y ella lo recibió con esa atención tranquila que tiene, sin exagerar, sin actuar, sin hacer teatro.
Ese modo de mirar algo mío como si fuera una ventana a mi mundo.
Ese modo de estar sin invadir.
Ese modo de abrir espacio sin declararlo.
Mientras eso pasaba, yo sentía que todo lo que elaboré con Copilot estos días — sobre signos, ritmos, estilos vinculares — se ordenaba solo.
No porque crea en la astrología como destino, sino porque mi experiencia con Analía ya me enseñó cómo funciona una taurina cuando hay onda:
lento, prudente, silencioso…
y de golpe presente.
Hoy Mariela estuvo presente.
No acelerada, no explícita, no geminiana.
Presente en su idioma:
mirada sostenida, escucha real, apertura mínima pero genuina.
Y yo, que ya viví este código, lo reconocí sin necesidad de que nadie me lo explique.
No hubo promesas.
No hubo insinuaciones.
No hubo nada que pueda convertirse en teoría.
Pero hubo algo que para mí vale más que cualquier palabra:
hubo clima.
Ese clima donde uno siente que la otra persona no está cumpliendo, no está actuando, no está haciendo cortesía.
Está ahí.
Con vos.
En su ritmo.
En su modo.
En su silencio.
Cuando me fui, tuve una certeza que no necesita futurología:
hoy hubo encuentro real.
No imaginado, no proyectado, no deseado.
Real.
Y eso, para mí, es suficiente.
No necesito que nadie me diga qué va a pasar.
No necesito que me interpreten la escena.
No necesito que me adviertan desde su velocidad mental.
Mi intuición estuvo limpia.
Mi presencia estuvo firme.
Ella estuvo abierta.
Hoy, por primera vez desde que estoy de filo, sentí que el vínculo respiró.
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