Desde hoy, 22 de marzo del 2026 Inauguro esta serie pictórica cibernética O.R.O. Leandro Alippi (Orden, Ritual, Obra) Dejándolo al abuelo Arturo y su estilo realista de principios del S. XX tranquilito entre nuestros Ancestros y sus aportes, y le hago un guiño a la Peregrina del Camino de Santiago, Luz Fabregas, como así también a su madre, mi hermana, Alejandra, fundadoras ellas, junto a su otra hija Juana, de su hermosa empresa de Arquitectura, Arte y Diseño: Dinastía.
Un hombre valor es, ante todo, un hombre entero. Y un hombre entero es un hombre: autónomo, autoválido, autosuficiente y —como me gusta decirlo— automovilizado, porque se mueve por sus propios medios, en todos los planos de la vida. Es un hombre libre. No “soberano”, porque en democracia el único soberano es el Pueblo, y en las monarquías lo son los reyes. Pero metafóricamente se entiende: hablamos de alguien que no pide permiso para vivir.
El hombre valor no rinde cuentas de sus actos ni de sus decisiones. No por rebeldía, sino porque ya atravesó demasiadas etapas de entrega, de nobleza, de dar más de lo que recibía. Y llega un punto en la vida en que la prioridad cambia: por primera vez, se elige a sí mismo.
No es raro que un hombre valor esté solo. No por falta de amores, sino por abundancia de ellos. Ya los tuvo, ya los vivió, ya los honró. Y ahora elige la soledad como compañera porque aprendió a habitarla sin miedo. La soledad, para él, no es un vacío: es un territorio fértil lleno de pasiones, intereses, obsesiones nobles, pequeñas artes y grandes contemplaciones. Son otras formas del amor.
Un hombre valor puede estar atravesando un duelo —por muerte o por separación—, pero no se lo verá ahogando penas ni evadiéndose en vicios histéricos. Su dolor es adulto, sobrio, procesado en silencio. Tal vez, a las dos de la mañana, salga a comprar un paquete de galletas y una gaseosa. Nada más. Ese es su modo de sostenerse: gestos mínimos, sin autodestrucción.
La vida le tiene preparada una mujer entera, como él. No para construir familias nuevas ni proyectos estresantes, sino para compartirse sin dramas, sin exigencias, sin contratos implícitos. Dos personas suficientes que saben que la riqueza no está en los destinos exóticos ni en los viajes interminables, sino en la calidad de vida y en la profundidad de las experiencias simples.
La mejor aventura no siempre es un aeropuerto: a veces es reírse de buena gana en un ómnibus urbano que parece un viejo zamba de parque de diversiones. O sacar de una mochila urbana un mate, una viandita rica y un termo, y almorzar en un banco de plaza. O mirar, con humor adulto, los rituales de la juventud en esos bebederos que parecen destilerías para la desinhibición.
El viaje del hombre —y ojalá también de la mujer entera— puede ser en un auto clásico bien restaurado, confiable, que los lleve por un par de pueblos. Pernoctar en un hotelito o en una carpa dentro de un camping. Y volver pronto a sus ocupaciones. Porque para ellos, una muestra basta: no necesitan más para sentir que han vivido.





